Winter
Comes Again
El invierno viene otra vez
Traducción parcial del primer capítulo del libro The Fourth Turning, de William Strauss y Neil Howe (1997), realizada por Federico Boccanera.
El título del libro podría traducirse como “El Cuarto Giro”, o “La Cuarta Vuelta”, preferí elegir “Cuarto Giro” por consonancia genérica (aunque débil), y también para que quede más clara la diferencia con los ciclos históricos de los saecula (un giro, que es un giro generacional, equivale a 18…25 años, y un saeculum, o ciclo “secular”, son 4 giros, más o menos 75…100 años, el ciclo de una vida humana completa (no siempre coincidente con el “siglo” convencional de los calendarios).
Tomar en cuenta todo el tiempo que el libro fue escrito en 1997, esto lo recordaré de vez en cuando entre paréntesis, durante la lectura, para facilitar la comprensión.
En el texto original aparece muchas veces la palabra Unraveling, la cual se puede traducir como “desmoronamiento”, “disolución” o “descomposición”, la puse en letra azul como advertencia.
El autor se refiere a la guerra de secesión, como guerra civil.
NdT: significa “nota del traductor”.
La importancia de este libro, es que a pesar de que parece ceñirse estrictamente a ciclos de la historia angloamericana y de hecho anuncia “una profecía americana”, su exposición de todos modos da a entender que estos ciclos, a medida que avanza la globalización (que se dispara con el nuevo mundo) se vuelven mundiales, los autores desde luego limitan su tesis a un espacio-tiempo preciso, pero ellos mismos admiten en entrevistas y artículos, que a partir del siglo XV es admisible hablar de ciclos globales.
¡Buena lectura!
EL INVIERNO VIENE OTRA VEZ
· El Segundo Giro es un “Despertar”, una era apasionante de revuelta espiritual, donde el orden cívico comienza a ser cuestionado y atacado por un nuevo régimen de valores.
· El
Tercer Giro es de “Descomposición” (Disolución,
Desmoronamiento)*, una era desconsolada y
desconfiada de fortalecimiento del individualismo y debilitamiento de las
instituciones, donde el orden cívico decae y se implanta un nuevo régimen de
valores.
·
El Cuarto Giro es una “Crisis”, una época
decisiva de agitación y conflicto secular, donde el régimen de valores
impulsa, empuja, por la sustitución del antiguo orden cívico, decadente y
degenerado, por uno nuevo.
Cada giro viene con su propio estado de ánimo identificable. Pero siempre, estos cambios de humor cogen a la gente por sorpresa.
En el saeculum actual (+/- desde 1945 al 2030), el Primer Giro fue de “Apogeo Americano” con las presidencias de Truman, Eisenhower y Kennedy (1945-1963), y a medida que la Segunda Guerra Mundial se iba dejando atrás, nadie predijo que los Estados Unidos prontamente se volverían tan confiados e institucionalmente musculosos, tan conformistas y espiritualmente autocomplacidos, pero eso fue lo que pasó (entre 1946-1964).
El Segundo Giro fue el de “La Revolución de la Conciencia”, que se extendió desde las revueltas en los campus universitarios a mediados de la década de 1960, hasta las revueltas fiscales de la década de los 80 (1964-1984).
(NdT: este giro comprende el ciclo de revuelta neoliberal, que comienza con el secuestro de las consignas del mayo francés (1968, el “prohibido prohibir” es laissez faire), pasa por el “Nixon Shock” de 1971, el laboratorio de los Chicago Boys en el Chile de Pinochet y culmina triunfalmente en la era Thatcher-Reagan a partir de 1979)
Antes de que John F. Kennedy fuera asesinado (1963), nadie predijo que los Estados Unidos estaban a punto de entrar en una era de liberación personal, donde se cruzaría por una división o brecha cultural que zanjaría cualquier pensamiento o concepto en un antes o después de ese época. Pero eso fue lo que pasó.
El Tercer giro fue el de las “Guerras Culturales” (o Batallas Culturales), una era que comenzó con el mensaje Morning in America (1984) de Ronald Reagan, a mediados de la década de los 80 y que expirará a mediados de la “Década Oh-Oh”, dentro de ocho o diez años (2005-2007). En medio del brillo de los primeros años de Reagan, nadie predijo que la nación estaba entrando en una era de deriva nacional y decadencia institucional. Pero es allí donde nos encontramos ahora (1997).
(NdT: La “Década Oh-Oh”, que algunos llaman “la década prodigiosa”, se supone que fue la del “transmilenio”, más o menos desde 1997 hasta 2007-2010, los autores del libro le otorgan un crédito que no comparto).
¿Han ocurrido antes, cambios importantes en el humor nacional como éste? Si muchas veces. ¿Han experimentado alguna vez los estadounidenses algo parecido a esta actitud actual de descomposición? Sí, muchas veces, a lo largo de los siglos.
Durante cada uno de los “terceros giros” ocurridos en el pasado, los estadounidenses celebraron un espíritu de individualismo frenético y laissez-faire (una palabra que se popularizó por primera vez en la década de 1840), pero también se preocuparon por la fragmentación social, la violencia epidémica y el cambio económico y tecnológico que parecía acelerarse más allá de la capacidad de la sociedad para absorberlo.
Durante cada uno de los “terceros giros” del pasado, los estadounidenses habían logrado recientemente una asombrosa victoria sobre una amenaza extranjera de larga data: la Alemania imperial, la Nueva España imperial (alias México) o la Nueva Francia imperial. Sin embargo, esas victorias terminaron asociadas a una definición desgastada de propósito colectivo y, perversamente, desataron un torrente de pesimismo.
(NdT: la perversión de la asociación “triunfo-pesimismo”, tiende a verse como esencialmente posmoderna, y en realidad no es así, el meollo posmoderno no es de “pesimismo” como tal, realmente reside en el relativismo)
Durante cada uno de estos “terceros giros”, un moralismo agresivo ensombreció el debate sobre el futuro del país. Las guerras culturales se desataron, el lenguaje del discurso político se endureció, los sentimientos nativistas (así como los regionalistas/sectarios) también se endurecieron, la inmigración y el abuso de sustancias (abuso de drogas) fueron atacados y las actitudes hacia los niños se volvieron más protectoras.
(NdT: “moralismo agresivo” = “corrección política”)
Durante cada uno de estos “terceros giros”, los estadounidenses se sintieron bien arraigados en sus valores personales, pero hostiles hacia la corrupción de la vida cívica. Las instituciones unificadoras, que habían parecido perdurables durante décadas, ahora se sentían efímeras. Aquellos que alguna vez habían confiado a la nación sus vidas, estaban envejeciendo y muriendo. Para la nueva generación de adultos jóvenes, la nación apenas importaba. Toda la res publica parecía a punto de desintegrarse.
Durante cada uno de estos “terceros giros” previos al actual donde vivimos (1997), los estadounidenses se sintieron como si se dirigieran hacia un cataclismo. Y resultó ser así. La década de 1760 fue seguida por la Revolución Americana, la de 1850 por la Guerra Civil, la de 1920 por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Todas estas eras de descomposición desembocaron en crisis desgarradoras tan monumentales que cuando finalizaron, la sociedad estadounidense emergió en una forma completamente nueva. Cada vez, el cambio se presentó sin previo aviso. Todavía en diciembre de 1773, noviembre de 1859 y octubre de 1929, el pueblo estadounidense no tenía idea de lo que estaba por llegar.
LA HISTORIA ES ESTACIONAL Y SE ACERCA EL INVIERNO
Al igual que el invierno en la naturaleza, el invierno secular puede adelantarse o retardarse. Un Cuarto Giro puede ser largo y difícil, breve pero severo o (quizás) leve. Pero, al igual que el invierno, es inevitable.
En resumen, esto es lo que nos advierten los ritmos de la historia moderna sobre el futuro de los Estados Unidos.
El próximo Cuarto Giro comenzará poco después del nuevo milenio, a mediados de la “década Oh-Oh”, alrededor del año 2005, una chispa repentina catalizará un estado de ánimo “de crisis”. Los restos del antiguo orden social comenzarán a desintegrarse. La confianza política y económica se derrumbará. Comenzarán a aflorar verdaderas dificultades y una gran angustia colectiva que podría extenderse a cuestiones de clase, raza, nación e imperio.
Sin embargo, esta época de problemas traerá las semillas del renacimiento social. Los estadounidenses lamentarán los errores recientes y surgirá un nuevo consenso resolutivo sobre el qué hacer. Mientras tanto, sentirán que la supervivencia misma de la nación está en juego. En algún momento antes del año 2025, los Estados Unidos van a traspasar una gran portal histórico, comparable al de la Revolución Americana, la Guerra Civil y las emergencias en tándem de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.
El riesgo de catástrofe será muy alto. La nación podría estallar en una insurrección o conflicto civil, estallar geográficamente o sucumbir ante un gobierno autoritario. Si hay una guerra, es probable que sea de máximo riesgo y esfuerzo, en otras palabras, una “guerra total”. Cada Cuarto Giro ha registrado un desarrollo en las tecnologías de destrucción y en la propensión de la humanidad a usarlas.
En la Guerra Civil (de secesión), las dos capitales seguramente se habrían incinerado entre sí de haber contado con los medios a la mano. En la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos inventó una nueva tecnología de aniquilación, que la nación inmediatamente puso en práctica. Esta vez, los Estados Unidos entrarán en el Cuarto Giro disponiendo de medios para infligir horrores inimaginables y, quizás, enfrentará a adversarios igualmente preparados.
Sin embargo, esta entrada en el Cuarto Giro representará para los estadounidenses una oportunidad única para alcanzar una nueva grandeza como pueblo. Muchas personas actualmente, se desesperan porque los valores que eran nuevos en la década de 1960, hoy en día están tan entrelazados con la disfunción social y la decadencia cultural que ya no pueden aportar nada positivo. En la era actual de descomposición, eso probablemente sea cierto. Pero en el crisol de la Crisis, eso cambiará. A medida que el antiguo orden cívico ceda el paso, los estadounidenses tendrán que crear uno nuevo. Esto requerirá un nuevo consenso de valores y, para administrarlo, el empoderamiento de un nuevo régimen político fuerte.
Si todo va bien, podría haber un renacimiento de la confianza cívica, y más aún: los problemas del Tercer Giro de hoy (1997), esta especie de “Cubo de Rubik” de crimen, raza, dinero, familia, cultura y ética, finalmente encajará en una solución de Cuarto Giro. Las respuestas estadounidenses posteriores a la crisis estarán tan orgánicamente interconectadas, tanto como las interrogantes actuales parecen estar enredadas sin remedio. Durante la década de 2020, Estados Unidos podría convertirse en una sociedad buena, según los estándares actuales, y también en una que funcione.
Así, el próximo Cuarto Giro podría terminar en apocalipsis o gloria. La nación podría quedar arruinada, su democracia destruida, con millones de personas desperdigadas o asesinadas. O, Estados Unidos podría entrar en una nueva edad de oro, aplicando triunfalmente valores compartidos por todos, para mejorar la condición humana. Los ritmos de la historia no revelan el resultado de la crisis que se avecina, todo lo que sugieren es el momento (timing) y su dimensión.
No podemos detener las estaciones de la historia, pero podemos prepararnos para ellas. Ahora mismo, en 1997, tenemos ocho, diez, quizás una docena de años más para prepararnos para lo que viene (a partir de 2005, 2007, 2009). Entonces, el desarrollo de los eventos podría dejarnos sin opciones. Sí, se acerca el invierno, pero nuestro recorrido a través de ese invierno dependerá solo de nosotros.
Los rugidos de las tormentas de la historia pueden sacar lo peor y lo mejor de una sociedad. El próximo Cuarto Giro podría literalmente destruirnos como nación y pueblo, volviéndonos malditos en las historias y memorias de aquellos que sobrevivan y nos recuerden. Alternativamente, podría ennoblecer nuestras vidas, elevarnos como comunidad, e inspirar actos de heroísmo consumado, hazañas que se convertirán en leyendas míticas recitadas por nuestros herederos en el futuro.
"Hay un ciclo misterioso en los acontecimientos humanos", esto lo advirtió el presidente Franklin D. Roosevelt en las profundidades de la Gran Depresión (1929-1939). "A algunas generaciones se les da mucho, de otras generaciones se espera mucho, pero esta generación, tiene una cita con el destino". El ciclo sigue siendo un misterio, pero no tiene por qué ser una sorpresa total. Aunque el escenario y el resultado son inciertos, el cronograma está establecido: el próximo encuentro de los Estados Unidos con el destino del Cuarto Giro, comenzará en aproximadamente diez años (2007) y terminará en aproximadamente treinta (2027-2030).
¿Cómo podemos proponer esta profecía con tanta confianza? Porque esto ha pasado antes. Muchas veces.
TEORÍAS DEL TIEMPO
A través de los milenios, la humanidad ha desarrollado tres concepciones con respecto al tiempo: caótico, cíclico y lineal. La concepción caótica fue la visión dominante del hombre primitivo, la cíclica, es típica de las civilizaciones antiguas y tradicionales, y la lineal, es la que ha sido adoptada por la modernidad occidental, especialmente en los Estados Unidos.
En tiempos caóticos, la historia no tiene un sendero, una ruta. Los eventos ocurren al azar, y cualquier esfuerzo por atribuir significado a la sucesión de torbellinos es inútil. Esta fue la primera intuición del hombre aborigen, para quien los cambios en el mundo natural escapaban completamente de su control y comprensión. También es la manera como la vida y el tiempo son percibidos por un niño. Sin embargo, el tiempo sin rumbo también se ha convertido en una meta espiritual suprema, es el "conocimiento más allá del conocimiento" de muchas religiones orientales. El budismo enseña que una persona alcanza el nirvana cuando se separa ritualmente de cualquier conexión con el significado de espacio y tiempo, o del egoísmo. Durante el último siglo, muchas variedades y tendencias al “caoticismo” han ganado influencia en nuestra propia sociedad, tanto en la cultura popular con su Just Do It, hasta los nihilismos destructivos del establecimiento académico.
La deficiencia práctica del “tiempo caótico” es que disuelve el tejido conectivo de la sociedad. Si causas y efectos no tienen relación con el tiempo, la gente no puede ser considerada como moralmente responsable de sus elecciones. Nada legitimaría las obligaciones de los padres con los niños o de los vecinos con la comunidad. Esta es la razón por la cual ninguna sociedad o religión, avala o justifica en forma ilimitada al tiempo caótico, ni siquiera el budismo, donde todos los que no alcanzan el nirvana quedan sometidos al reinado ordenador (ajustador) del karma.
El tiempo cíclico se originó cuando los antiguos por primera vez vincularon los ciclos naturales de los eventos astronómicos (rotaciones diurnas, meses lunares, años solares, precesiones zodiacales) con ciclos de la actividad humana (dormir, despertar, gestar, dar a luz, cazar, plantar, cosechar, festejar). El tiempo cíclico superó al caos por repetición, por el padre, el cazador o el granjero que realizaban la acción correcta en el momento correcto, configurando un círculo perpetuo, de la misma forma que un Dios o Diosa original realizaron acciones similares durante el primer círculo mítico del tiempo.
A la larga, grandes ciclos llegaron a marcar la duración de reinos y profecías, la aparición de héroes y chamanes, y el envejecimiento de vidas, generaciones y civilizaciones, el tiempo cíclico es interminable, y también se completa y renueva en forma interminable, sin fin, impulsado por elaborados rituales que se asemejan a las modernas festividades estacionales.
A diferencia del tiempo caótico, el tiempo cíclico dotó a las sociedades clásicas de una dimensión moral prescrita, una medida o modelo mediante el cual cada generación podía comparar su comportamiento y desempeño con el de sus antepasados y precursores. Quienes creían en los ciclos podían embarcarse en lo que el antropólogo Lévy-Bruhl llama una "participación mística", en la recreación divina del eterno ciclo de la naturaleza.
El poder que ha ejercido esta concepción sobre la humanidad, se expresa y transmite en colosales monumentos al “tiempo recurrente” (obeliscos, pirámides, zigurats y megalitos) que tantas civilizaciones nos dejaron. Sin embargo, la creencia en el tiempo cíclico superando a la visión caótica primitiva, deja menos espacio para lo que la gente moderna considera “originalidad y creatividad”.
“Para las sociedades tradicionales, todos los actos importantes de la vida fueron revelados ab origine (desde los orígenes) por dioses o héroes. Los hombres sólo repiten estos gestos ejemplares y paradigmáticos ad infinitum”, es lo que afirma el estudioso de las religiones Mircea Eliade. "Esta tendencia puede parecer paradójica, en el sentido de que el hombre de una cultura tradicional, se ve a sí mismo como real, sólo en la medida en que deja de ser él mismo (para un observador moderno) y se conforma con imitar y repetir gestos de otro…"
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Ingrese la tercera opción: el “tiempo lineal”. El tiempo como una historia única (generalmente progresiva) con un comienzo absoluto y un final absoluto. Es así como la humanidad “primero aspiró al progreso”. En la civilización grecorromana, la visión cíclica del tiempo estuvo marcada por indicios de mejoramiento humano. Los griegos a veces tuvieron la esperanza de que la razón prometeica pudiera librar a la humanidad de la indigencia perpetua, mientras que los romanos creían que una política poderosa podía dotar a sus ciudadanos de un destino glorioso. Más importante aún, el auge y la propagación de los grandes monoteísmos occidentales, inspiraron la esperanza de que la humanidad estaba destinada a algo más que la rueda de la fortuna. Las cosmologías persa, judaica, cristiana e islámica abrazaron el concepto, radicalmente nuevo, del tiempo personal e histórico como un drama unidireccional: el tiempo comienza con una caída en desgracia, luego hay una lucha por avanzar, con una secuencia intermedia de pruebas, fracasos, revelaciones e intervenciones divinas, y termina con la redención y el reingreso al Reino de Dios.
El “linealismo” requirió cientos de años para germinar y arraigarse, pero cuando lo hizo, cambió al mundo. En la Europa medieval, el tiempo unidireccional, tal como lo trazaron los primeros cristianos, siguió siendo una idea relativamente arcana (reservada, esotérica) entendida completamente, solo por una pequeña élite clerical. Pero en el siglo XVI, la Reforma y la difusión del Evangelio impreso, marcaron el comienzo de una nueva urgencia por adoptar la historia lineal (y su aplicación popular). La gente común comenzó a especular sobre los signos históricos de la segunda (y última) venida de Cristo, e inventaron nuevas sectas de acuerdo con sus expectativas al respecto.
Dos siglos después, la Ilustración transmutó el “linealismo cristiano” en una fe secular (terrenal, laica) complementaria, la que el historiador Carl Becker llamó "la ciudad celestial de los filósofos del siglo XVIII", la creencia en una mejora científica, económica y política sin fin.
A fines del siglo XIX, con la Revolución Industrial galopando a máxima velocidad, el dogma occidental de la “historia-como-progreso” alcanzó su apogeo. Y aunque fuese bajo la modalidad de un credo religioso, un dogma positivista o una ciencia evolucionista, esto no debía ser cuestionado. La edición de 1902 de The Cambridge Modern History explicaba: "Estamos obligados a asumir como una hipótesis científica sobre la cual se escribirá la historia, el progreso en los asuntos humanos. El progreso debe ir inevitablemente hacia algún fin”.
Los primeros asentamientos de Inglaterra en el Nuevo Mundo comenzaron como un puesto de avanzada del calvinismo radical y la Ilustración radical. No es sorprendente que Estados Unidos haya llegado a encarnar la expresión más extrema del “linealismo progresivo”. Los primeros exploradores europeos a menudo vieron en esta masa de tierra virgen su nueva Atlántida, El Dorado o Utopía, en otras palabras, una auténtica oportunidad de rehacer al hombre (nuevo) y con ello poner “fin a la historia”. Las sucesivas oleadas de inmigrantes también se vieron a sí mismos como constructores de una “Nueva Jerusalén Milenaria”, inauguradores de la era revolucionaria de la razón, defensores del "país escogido por Dios" y pioneros al servicio de un “Destino Manifiesto”.
(NdT: no solo la visión protestante, “Tierra de Gracia”, “El Dorado” y la “inocencia del indígena” (de Las Casas) son aportes del catolicismo, en realidad, tanto la visión calvinista-puritana como la católica-romana pescan de una misma fuente mitológica greco-romana. La confluencia del protestantismo con mitologías “nórdicas” ocurrirá un buen tiempo después, y será no de natura esotérica sino ocultista, con toda la degeneración trágica que conllevará)
A principios del siglo XX, Herbert Croly escribió sobre un "nacionalismo progresista" y James Truslow Adams sobre un "Sueño Americano", para referirse a esta fe cívica en un avance lineal. El tiempo, sugirieron, era el aliado natural de cada generación sucesiva. Así surgió el dogma del “excepcionalismo estadounidense”, la creencia de que esta nación y su gente, de alguna manera se habían liberado de cualquier riesgo de regresión cíclica.
En el camino, el tiempo lineal ha logrado reemplazar al tiempo cíclico. Hace siglos, el tiempo cíclico venció al tiempo caótico, pero en los últimos siglos, el vencedor a su vez ha sido derrotado y encadenado. Pero la victoria del “linealismo” no fue inmediata ni absoluta. Por ejemplo, el ritual cristiano fundamental, la celebración anual de un salvador muerto y resucitado, todavía se asemeja a los rituales regenerativos invernales de las religiones arcaicas a las que reemplazó. Pero poco a poco, el tiempo cíclico como fe viva, se ha ido hundiendo cada vez más en la oscuridad.
La supresión se remonta a los primeros cristianos que intentaron erradicar el paganismo calendárico, denunciando los ciclos clásicos y empujando hacia la clandestinidad a ramas enteras del conocimiento no lineal (conocimiento iniciático), como los campos herméticos de la alquimia y la astrología. "Sólo los malvados caminan en círculos", advirtió San Agustín. En los albores de la era moderna, el asalto se hizo más feroz. La Reforma no solo desencadenó un nuevo ataque contra las fiestas paganas (talando “Árboles de Mayo”), sino que también popularizó los relojes calibrados, los calendarios y los diarios que permitían a las personas emplear el tiempo como un medio eficiente para un fin lineal, ya sea la santidad, la riqueza o la conquista.
Más recientemente, Occidente comenzó a utilizar la tecnología para atenuar los efectos físicos de los ciclos naturales. Con la luz artificial, creemos que derrotamos el ciclo sueño-vigilia, con la climatización, los fríos y calores estacionales, con la refrigeración, el ciclo agrícola, y con medicina de alta tecnología, el ciclo de reposo-recuperación.
(NdT: “desintegración del todo en partes” = arcoíris)
Antiguamente, el paradigma numérico para los cambios era cuatro, originalmente un símbolo femenino en muchas culturas. En las grandes cuaternas de las estaciones, las direcciones, los puntos cardinales y los elementos (tierra, agua, aire, fuego), donde el cuarto elemento siempre lleva de vuelta a los otros. Hoy en día, el paradigma dominante es tres, originalmente un símbolo masculino. En las grandes tríadas de la trinidad cristiana y la filosofía moderna, el tercer elemento siempre trasciende a los otros.
Antes, la gente valoraba la habilidad de adivinar las energías de la naturaleza y aprovecharlas. Hoy en día, valoramos la capacidad de desafiar la energía de la naturaleza y superarla.
SUPERANDO AL LINEALISMO
La mayoría de los estadounidenses estaría de acuerdo con Mary McCarthy cuando afirma que "El final feliz es nuestra creencia nacional", pero pocos de nosotros tenemos idea de lo que haríamos si alguna vez llegásemos allí. Cuando las cosas van bien, esta debilidad no es un problema. Pero cuando las cosas van mal, la visión lineal puede resquebrajarse, exponiendo el horror del tiempo como un vacío desconocido.
La experiencia de la Primera Guerra Mundial afectó a todo el mundo occidental precisamente de esta forma, proyectando una sombra de desesperación y relativismo que se cernió hasta que el final edificante de la Segunda Guerra Mundial, revitalizó la fe en el futuro. Pero hoy esa fe está nuevamente en fuerte declive. El progreso ha adquirido mayormente, connotaciones de carga negativa: tecnología robótica, estatismo burocrático y cultura amargada. Ya no describe hacia dónde deseamos que vaya la historia. Cuanto más persistimos en creer que el tiempo es lineal, más tememos que el camino hacia el futuro será lineal, pero hacia abajo.
Muchos estadounidenses han respondido a esta fe en el progreso con una negación agresiva. En cada década reciente, el público se ha unido en torno a cada manifiesto de “triunfalismo trifásico”. En 1960, fue Walt Rostow con su The Stages of Economy Growth (“Las Etapas del Crecimiento Económico”, tres que culminan con un "despegue" hacia la fabulosa sociedad del consumo masivo); en 1967, Herman Kahn con The Year 2000 (“El Año 2000”, sociedades tradicionales, industriales y luego postindustriales), lo mismo pasó en 1970 con The Greening of America (“El Enverdecer de América”) de Charles Reich, en 1979 con “La Tercera Ola” de Alvin Toffler (primera, segunda y tercera ola) y en 1992, con “El Fin de La Historia y El Último Hombre” de Francis Fukuyama (una nueva versión de G.W.F. Hegel, que también dividió toda la historia en tres).
La “escuela lineal” considera que toda la historia de la humanidad es similar a un salto de esquí en modalidad Ski Jump: después de permanecer tontamente agazapada durante milenios, la humanidad recién ahora está despegando hacia su glorioso vuelo final.
Para los “linealistas”, el futuro a menudo se puede reducir a una extrapolación lineal del pasado reciente. Debido a que no ven ningún doblez o inversión en lo que ya sucedió, no logran ver nada en lo que sucederá. "Las tendencias, como los caballos, son más fáciles de montar en la dirección en la que ya van", escribe John Naisbitt en Megatrends (Megatendencias). También es típico del linealismo, nuevo y antiguo, presagiar la inminente llegada del último acto de la historia. Los ávidos creyentes de hoy, al igual que las multitudes que se reunieron alrededor de los predicadores de la Reforma, aparentemente se sienten halagadas al creer que simplemente están vivas, justo en el momento de la transformación final de la humanidad.
Sin embargo, y a pesar del linealismo envalentonado, más estadounidenses que nunca están volviendo a la creencia en el tiempo caótico, a la creencia de que la vida son mil millones de fragmentos, que los eventos ocurren al azar, y que la historia no tiene dirección. En la cultura Pop, el pasado es principalmente, material para los artefactos de Planet Hollywood, las transformaciones de Forrest Gump y el entretenimiento de Oliver Stone. En política y negocios, el pasado es poco más que una caja de herramientas de “imágenes tácticas”.
En la academia, muchos historiadores hacen muecas ante la sugerencia de que el pasado ofrece alguna lección. No ven una historia intrínseca y unificadora, y muy simplísticamente, la ven como una bolsa de sorpresas vencidas, con detalles y notas al pie de alguna teoría social pasajera. De hecho, algunos historiadores ahora dicen que no hay una historia única en absoluto, sino una multitud de historias, una para cada región, idioma, familia, industria, clase y raza. Faltaría más, muchos académicos ven el pasado como subordinado a la política, otra arma más en el campo de batalla de las “Guerras culturales”.
Este rechazo académico de la lógica interna del tiempo ha llevado a la devaluación de la historia en toda nuestra sociedad. En las universidades de la Ivy League (las “prestigiosas” como Harvard y Yale), los estudiantes ya no están obligados a estudiar historia como un campo o curso separado. En los libros de texto de las escuelas públicas, las curiosidades sobre eventos pasados se mezclan con lecciones sobre geografía, política y artes, en una especie de estofado de estudios sociales.
Las encuestas revelan que la historia ha pasado a ser el tema que los estudiantes de secundaria encuentran de menor interés o valor. En el lenguaje Pop, la historia ha llegado a significar "eso es irrelevante" (“eso es historia”). Al enseñarse un pasado sin lecciones, los estudiantes de hoy tienen problemas para recitar incluso los nombres y fechas importantes. Sin embargo, si sus maestros están en lo correcto, ¿por qué debería importarles a los estudiantes cuando se libró la Guerra de Secesión? ¿Realmente hace alguna diferencia si comenzó en 1861, 1851 o 1751? Si el tiempo es un caos, un evento como la Guerra de Secesión nunca volverá a ocurrir o podría repetirse mañana. Si el tiempo es lineal, entonces todo el siglo XIX no trajo consecuencias, y su relevancia se desvanece con cada año que pasa.
Los estadounidenses de hoy temen que el linealismo (alias “el sueño americano”) se haya salido de su curso. Muchos recibirían con agrado alguna información sobre los patrones y ritmos de la historia, pero las élites intelectuales de hoy ofrecen pocas cosas útiles. Atrapado entre la entropía de los “caotistas” y la arrogancia de los linealistas, el pueblo estadounidense ha perdido sus anclajes.
EXISTE UNA ALTERNATIVA
(NdT: aquí se comienza a explicar la “teoría generacional de Strauss-Howe”, como hipótesis de trabajo para la investigación que generó el libro)
Y lo que es más importante, debemos comprender que nuestros esfuerzos modernos para aplanar los ciclos naturales y sociales a menudo solo tienen un éxito superficial. A veces, todo lo que hacemos es sustituir un ciclo por otro. Cuando represamos un río o industrializamos una sociedad, por ejemplo, podríamos creer que vamos a eliminar el ciclo de inundaciones o el ciclo de las guerras, pero por otra parte, lo que podríamos conseguir al final, es que esos ciclos sean menos frecuentes y más devastadores.
(NdT: “ciclos menos frecuentes pero más devastadores” = proceso de fragilización, como lo expone Nassim Taleb en “El Cisne Negro”).
A menudo, el "progreso" acaba generando ciclos completamente nuevos. Bastaría reflexionar sobre todos ellos: ciclos económicos, ciclos financieros, ciclos electorales, ciclos de la moda, ciclos de opinión, ciclos del crimen, ciclos del tráfico, etc. Irónicamente, el tiempo lineal crea o profundiza los ciclos sociales al inhabilitar nuestra capacidad natural para lograr la homeostasis (el equilibrio dinámico) mediante pequeños reajustes continuos.
La historia crea generaciones y las generaciones crean historia. Esta simbiosis entre vida y tiempo explica por qué, si uno es estacional, el otro también debe serlo.
El fracaso crónico de los estadounidenses para comprender la estacionalidad de la historia, explica por qué los pronósticos de mayor consenso sobre el rumbo que va a tomar la nación suelen resultar tan erróneos. A fines de la década de 1950, los pronosticadores en su gran mayoría predijeron que el futuro de los Estados Unidos sería como el Tomorrowland de Disney. Los expertos preveían una juventud educada, una cultura sana, el fin de la ideología, una superación ordenada del racismo y la pobreza, un progreso económico constante, mucha disciplina social y acciones policiales incontrovertibles como las de la guerra de Corea en el extranjero.
Todas estas predicciones, por supuesto, estaban tremendamente equivocadas. No se trata solamente de que los expertos se perdieron todos los eventos particulares que estaban por delante, como la Ofensiva del Tet en Vietnam y el Apolo 11, los disturbios raciales de Watts y la Masacre de Kent State, el Verano del Amor y Watergate, el Día de la Tierra y el incidente de Chappaquiddick. Es que fallaron clamorosamente al predecir todos los cambios en los estados de ánimo de las eras venideras. ¿Por qué sus predicciones estaban tan equivocadas?
Cuando los pronosticadores asumieron con simpleza que el futuro podía extrapolarse del pasado reciente, creyeron que el siguiente grupo de personas en cada fase siguiente de la vida social, se comportaría como lo hacen en el presente. Si hubiesen sabido dónde y cómo buscar, los expertos habrían percibido cambios trascendentes en la conformación generacional de los Estados Unidos: porque cada generación envejece en el tiempo con la misma seguridad como el agua corre hacia el mar.
No entendieron ni entienden todavía que, cada dos décadas, los líderes ancianos desaparecen, y un nuevo lotes de niños llega, y que las dos generaciones intermedias transforman las nuevas fases de la vida a las cuales entran. Esta dinámica se ha repetido a lo largo de la historia de los Estados Unidos. Aproximadamente cada dos décadas (el lapso de una fase de la vida), se establece una nueva constelación de generaciones, una nueva combinación de representantes generacionales donde naturalmente, algunos suben y otros bajan según la escala de edad.
A medida que esta constelación de generaciones ha cambiado, también lo ha hecho el estado de ánimo nacional. Considere lo que sucedió, desde fines de la década de 1950 hasta fines de la de 1970 (más o menos entre 1960 y 1980), cuando una generación reemplazó a otra en cada fase de la vida:
· Entre los viejos, los cautelosos individualistas de la “Generación Perdida” (nacidos entre 1883-1900) fueron reemplazados por la arrogante G.I. Generation (nacida entre 1901-1924), la cual impulsó a los Estados Unidos hacia una era expansiva de abundancia material, poder global y planificación cívica.
· En el grupo de la mediana edad, los alegres soldados de la G.I. Generation fueron reemplazados por sus compañeros de la Silent Generation (nacidos entre 1925-1942), quienes aplicaron su experiencia y sensibilidad, para afinar el orden institucional, mientras orientaban y guiaban las pasiones de la juventud.
· Entre los adultos jóvenes, los conformistas de la Silent Generation fueron reemplazados por los narcisistas de la Boom Generation (Boomers, nacidos entre 1943-1960), quienes afirmaron la primacía del yo y desafiaron la supuesta vacuidad moral del orden institucional.
·
En la niñez, los mimados Boomers fueron
reemplazados por la desatendida Generación 13 (nacida entre 1961-1981), quienes
quedaron desprotegidos en un momento de convulsión cultural y
autodescubrimiento adulto. El nombre de esta generación (conocida en la cultura
Pop como “Generación X”), refleja el hecho de que es literalmente, la decimotercera
generación que se autodenomina estadounidense.
Reemplace los viejos Truman y Ike con LBJ y Nixon. Reemplace a los Ed Sullivan y Ann Landers de mediana edad por Norman Lear y Gloria Steinem. Reemplace al joven Organization Man (parodiado por “Los Picapiedra” y “Los Supersónicos”) por el hippie de Woodstock. Reemplace a Jerry Mathers con Tatum O'Neal.
Esta alteración de arriba hacia abajo del ciclo de vida estadounidense, dice mucho acerca de por qué y cómo los Estados Unidos cambiaron de un estado de ánimo de consenso, complacencia y optimismo a uno de turbulencia, discusión y pasión. ¿Y qué ha pasado en los veinte años más recientes (1977-1997)? Pasó que los pronósticos más relevantes de finales de los 70, suponían que las tendencias de la década de 1960 continuarían en línea recta. Esto llevó a predicciones acerca de una aceleración de la planificación del Estado, protestas en curso contra la conformidad social, más laicismo de “Dios ha muerto”, vida familiar deslegitimada, menos énfasis en dinero y armas en una era "posmaterialista", y un espectacular crecimiento económico que permitiría un ocio sin precedentes, o hundiría al planeta en una enorme catástrofe ecológica.
Nada de esto sucedió, por supuesto. Pero en su entusiasmo triunfal, prácticamente todos los pronosticadores de finales de los 70 cometieron un error más fundamental: ya fuese que sus visiones abarcasen desde lo utópic0 hasta lo apocalíptico, virando hacia Epcot Center o Soylent Green, todos asumieron que Estados Unidos se dirigía hacia algún lugar con prisa. Nadie imaginó lo que sucedió realmente: que durante las décadas de 1980 y 1990, mientras las diferentes piezas sociales se desplazaban en diferentes direcciones, los Estados Unidos en su conjunto no se enrumbaron hacia ninguna parte en particular.
Estos pronosticadores no acertaron, porque no observaron las trayectorias ascendientes y descendientes del ciclo de vida. No se dieron cuenta de que todas las generaciones estaban preparadas para entrar en nuevas fases de la vida y que, al hacerlo, las personas a lo largo y ancho del ciclo de vida pensarían y se comportarían de manera distinta. En la vejez, los confiados G.I. debían ser reemplazados por los Silent más vacilantes, que preferirían un orden social más complejo, diverso e individualizado.
En la mediana edad, los conciliadores Silent estaban listos para dar paso a los Boomers más críticos, que impondrían una ética de confrontación moral. Entre los adultos jóvenes, los apasionados Boomers estaban listos para dejar el relevo a los “decimoterceros”, más pragmáticos, “supervivencialistas” por necesidad. Y en la infancia, los desamparados “decimoterceros”, los “X”, estaban a punto de ser reemplazados por los Millennials mejor tratados en su crianza, más apreciados y atesorados, por haber nacido en medio de una época de resurgimiento del compromiso de proteger y mantener a los niños pequeños.
Como resultado de todos estos cambios en el ciclo de vida, el estado de ánimo nacional en los 80 y 90 se transformaría en algo nuevo. En la década de 1970 ¿esos “expertos” podrían haber imaginado cuál sería este estado de ánimo? ¿Cómo? Pues estudiando una “Era del Despertar” (Segundo giro) anterior, dotada de una constelación generacional similar y analizando qué sucedió después.
¿Y hoy? Los meteorólogos siguen cometiendo los mismos errores. Los libros más vendidos visualizan una América “posmilenialista” de individualismo implacable, fragmentación social y gobierno debilitado: una nación que se vuelve cada vez más diversa y descentralizada, con ciudadanos que habitan en un mundo de alta tecnología donde se estrechan los “lazos globales” y se aflojan los personales, donde los sitios web se multiplican y la cultura se fragmenta. Oímos hablar mucho sobre cómo mejorará la vida de los ancianos y se deteriorará la vida de los niños, cómo los ricos se harán más ricos y los pobres más pobres, y cómo los niños de hoy alcanzarán la mayoría de edad durante una enorme ola de delincuencia juvenil.
No apuesten por esto. Los ritmos de la historia sugieren que ninguna de esas tendencias durará más que unos pocos años en el nuevo siglo. Lo que vendrá después se puede vislumbrar estudiando eras anteriores de descomposición y disolución (terceros giros) con constelaciones generacionales similares, e indagando qué sucedió después.
Para hacerlo correctamente, debemos vincular a cada una de las generaciones de hoy con una secuencia recurrente de cuatro arquetipos generacionales, que han aparecido a lo largo de todos los saecula de nuestra historia. Estos cuatro arquetipos se identifican mejor por los Giros donde ocurren sus nacimientos:
·
Una
generación de Profetas (idealistas) nace durante una “cumbre” (primer giro)
·
Una
generación de Nómadas (reactivos) nace durante un “despertar” (segundo giro)
·
Una
generación de Héroes (civilizadores) nace durante un “disolución” (tercer giro)
·
Una
generación de Artistas (flexibles) nace durante una “crisis” (Cuarto Giro)
Cada arquetipo es expresión de cada uno de los temperamentos perdurables y de los mitos del ciclo de vida de la humanidad. Cuando la historia superpone estos arquetipos sobre los cuatro giros, el resultado son cuatro constelaciones generacionales muy diferentes para cada giro.
Esto explica por qué ocurre un nuevo giro cada veinte años más o menos y por qué la historia gira con tantos ritmos pendulares relacionados. Un giro desprotegerá a los niños, por ejemplo, mientras que otro los sobreprotegerá. Lo mismo ocurre con las actitudes hacia la política, la opulencia, la guerra, la religión, la familia, los roles de género, el pluralismo y una serie de otras tendencias.
La historia angloamericana, que se remonta a los primeros movimientos del Renacimiento, ha completado seis ciclos seculares (saeculas), cada uno de los cuales mostró un ritmo similar. Cada ciclo tuvo cuatro giros y a excepción de la anómala guerra civil (de secesión) de los Estados Unidos, cada ciclo produjo los mismos cuatro arquetipos generacionales.
Actualmente nos encontramos en el tercer giro del Saeculum Millenial (1946-2030 aprox.) que es a su vez el séptimo ciclo secular de la era moderna. Al mirar la historia a través de este prisma secular, se puede captar por qué el estado de ánimo estadounidense ha evolucionado. Reflexione lo más que pueda y recuerde cómo la personalidad de las personas en cualquier etapa de la vida ha cambiado por completo cada dos décadas aproximadamente. Y cada vez, estos cambios han seguido el patrón arquetípico. Considere las transiciones generacionales de la última década, que una vez más demuestran que los pronosticadores lineales están equivocados.
A medida que los “silenciosos” (Silent Generation, 1925-1942, una generación de “artistas” que tenían entre 55 y 72 años en 1997) han comenzado a alcanzar la edad de jubilación, los líderes nacionales han mostrado cada vez un menor interés, en hacer que las instituciones públicas hagan grandes cosas y más interés en hacerlas flexibles, justas, “expertas”, matizadas y participativas. ¿Por qué?
Porque se trata de algo generacional: los “artistas” habían reemplazado a los “héroes” ya envejecidos (todos con más de 73 años). Y a medida que los boomers, que son “profetas”, han comenzado a cumplir cincuenta años (a partir de 1993), el discurso público se ha vuelto menos refinado y conciliador, y más apasionado y moralista. ¿Por qué? porque el “profeta” de mediana edad está reemplazando al “artista” de mayor edad.
Y a medida que los “decimoterceros” (nómadas) han ido llenando el grupo de los "veinteañeros" (a partir de 1981), la cultura Pop se ha volcado menos sobre “el alma”, “el amor libre” y el sentimiento de “unidad con el mundo”, para tratar más sobre el dinero (Cash, en efectivo), las enfermedades sexuales y sobre cómo sobrevivir solo en un mundo implacable. ¿Por qué? porque el nómada adulto joven, está reemplazando al profeta adulto joven.
Y a medida que los millennials se han ido incorporando a las escuelas primarias y secundarias de Estados Unidos (a partir de 1987), el comportamiento familiar se ha vuelto hacia una mayor protección de los hijos. ¿Por qué? porque a partir del tercer giro (1984) estamos criando al niño héroe, ya no al desatendido niño nómada del segundo giro (1964-1984).
Cuando se compilan estos cuatro cambios típicos a lo largo de todo el ciclo de vida, se ve cómo la constelación generacional de los Estados Unidos de alrededor de los años setenta, se ha transformado en algo nuevo -de arriba abajo- en los noventa. Es por eso que la nación ha cambiado de un estado de ánimo de “Despertar” a uno de “Descomposición”. Y si usted aplica esta lógica secular hacia adelante, pasando por la “Década Oh-Oh” y más allá, podrá comenzar a entender porque el Cuarto Giro estará de turno próximamente y como el humor de los estadounidenses empezará a cambiar cuando la crisis golpee.
(NdT: es importante tener clara la secuencia del supuesto “gran ciclo de la modernidad”, probable fase de un ciclo histórico mayor, esto permite amplificar la revelación científica, la revelación racional proporcionada por el libro.
Los giros que se abordan en el libro, han venido ocurriendo con regularidad desde hace más o menos 550 a 600 años, desde el siglo XV, lapso durante el cual se desenvuelve la secuencia “local” moderna, según la visión convencional:
Renacimiento – Imprenta - Reforma – Ilustración - Revolución social - Revolución industrial - Aceleración tecnológica – Medios de masas – Globalismo (globalismo objetivo, como fin de la lógica de bloques geopolíticos).
Los autores estudian solo el caso de los EEUU, por lo tanto no se remontan en el tiempo, donde la secuencia moderna deja de ser “local” y debería extenderse mucho más hacia atrás, hasta las diversas caídas del imperio romano.)
REDESCUBRIR LAS ESTACIONES
“Cuanto más hacia atrás mires, más lejos hacia adelante es probable que veas” dijo una vez Winston Churchill. El desafío es mirar hacia el futuro no en línea recta, sino viendo las curvas inevitables.
Para saber cómo hacer eso, tienes que practicar mirando cómo el pasado ha dado un vuelco. En las escuelas estadounidenses, donde la mayoría de nosotros aprendemos historia por primera vez, nuestros maestros y libros rara vez, si es que alguna vez, discuten los eventos desde una perspectiva estacional. Recuerde esas fotos de los presidentes de los Estados Unidos que cubren tantas paredes de las aulas: ¿Alguna vez le enseñaron a vincular el estado de ánimo y los eventos de la era juvenil de esos presidentes, con el estado de ánimo y los eventos que tuvieron que afrontar durante sus mandatos?
Recuerde la letanía habitual sobre “el ascenso del occidente moderno durante los cinco siglos desde Colón hasta el Apolo 11”: ¿Alguna vez le enseñaron los reflujos y los flujos dentro de cada uno de esos siglos de progreso supuestamente monótono? Recuerde todas las lecciones que escuchó sobre la Revolución Estadounidense, la Guerra Civil, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial: ¿Alguna vez le enseñaron algo más que fragmentos y piezas sobre las décadas que precedieron a esas crisis, es decir, sobre las décadas de 1760, 1850, y 1920? ¿Estudió alguna vez el estado de ánimo del público en esos Terceros Giros? ¿O qué premonición (si alguna) tenía la gente sobre esas crisis a punto de estallar?
Probablemente no.
Si aprendió historia en el estilo lineal habitual, probablemente sintió un vacío. Quizás anhelaba una conexión más personal con el pasado y el futuro, un camino a través del cual podría asimilar un drama más grande, a su propia experiencia de vida. Quizás anhelaba una conexión más cercana con la sabiduría ancestral, obtenida por personas reales que lucharon por construir la civilización que heredamos. Quizás anhelaba un sentimiento que los estadounidenses no han conocido en décadas: ser participantes activos, en un destino que es positivo y plausible.
Está a punto de embarcarse en un nuevo viaje a través de la historia moderna. Hay mucho que aprender, pero antes de embarcarse, hay algunas cosas que desaprender.
Deberá intentar desaprender, la creencia lineal de que los Estados Unidos (o todo el mundo moderno) está exento de los ciclos estacionales de la naturaleza. A medida que se familiarice con el concepto saeculum, se encontrará con una visión muy diferente, una que surgió con los antiguos: la visión de que los ritmos del cambio social tienen un reflejo, una conexión con los ritmos de la naturaleza biológica y estacional.
(NdT: y hay más “conexiones” …)
En su búsqueda de los significados más profundos, los antiguos tradujeron los acontecimientos (hechos) en mitos, y a los héroes (carne) en arquetipos, protagonistas de un drama recurrente en el que nuevos órdenes cívicos (o regímenes de valores) se crean, nutren, agotan, destruyen y, al final, y perpetuamente, se regeneran.
En la visión antigua, los ciclos se repiten en una historia sin fin. El tiempo se expresa en una espiral ascendente de progreso o una espiral descendente de retroceso, al igual que los procesos de evolución natural.
Trate de desaprender la necesidad lineal de juzgar el cambio mediante estándares unidimensionales de progreso. Debido a que la naturaleza era más central para su cosmología que para la nuestra, los antiguos entendieron algunas cosas mejor que los modernos. Sabían que el cambio natural no es constante ni aleatorio. Sabían que la naturaleza ni garantiza el progreso ni lo excluye. Sabían que las oscilaciones dentro de un ciclo parcial, son mayores que las diferencias a lo largo de un ciclo completo. Sabían que el invierno de un año (o un saeculum) se parece más al invierno anterior que al otoño que le precedió. En otras palabras, sabían que un “Cuarto Giro” es una etapa natural de la vida.
Trate de desaprender el miedo obsesivo a la muerte (y la ansiosa búsqueda por evitarla) que impregna al pensamiento lineal en casi todas las sociedades modernas. Los antiguos sabían que, sin decadencia y muerte periódicas, la naturaleza no puede cumplir su ciclo completo de cambios biológicos. Sin la muerte de los árboles y su reemplazo, las malas hierbas estrangularían el bosque. Sin la muerte humana, los recuerdos nunca morirían y hábitos y costumbres rígidas e inquebrantables estrangularían a la civilización. Las instituciones sociales no requieren menos. Así como las inundaciones reponen los suelos y los fertilizan, y los incendios rejuvenecen los bosques, un Cuarto Giro limpia los elementos agotados de la sociedad y crea una oportunidad para un nuevo crecimiento.
Finalmente, desaprenda la visión lineal de que el cambio positivo siempre llega de manera voluntaria, progresiva y por diseño humano. Muchos estadounidenses sienten instintivamente que muchos elementos de la actual época de descomposición (1997), desde Wall Street hasta el Congreso, desde las letras del rock hasta los deportes profesionales, deben sufrir una agitación desgarradora antes de que puedan mejorar fundamentalmente. Esa intuición es correcta. Un Cuarto Giro brinda a personas de todas las edades lo que es literalmente, una oportunidad única en la vida para sanar (o destruir) el corazón mismo de la república.
(NdT: faltaría justamente agregar que se debe desaprender urgentemente a desconfiar del instinto y la intuición, sentidos naturales cuya desactivación precede a la autodestrucción)
Con todo lo desaprendido, Ud. puede volver a aprender la historia desde la perspectiva de la estacionalidad. Este es un libro que convierte la historia en profecía. Te lleva a un viaje a través de la confluencia del tiempo social y la vida humana. En la Parte Uno ("Estaciones"), adquirirá nuevas herramientas para entenderse a sí mismo, a la familia, la sociedad y la civilización. Aprenderá sobre los ciclos de la vida, los arquetipos generacionales, los giros y la historia. En la segunda parte ("Giros"), volverá a visitar la historia estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva de los giros y los arquetipos. Obtendrá una nueva perspectiva sobre por qué los primeros tres giros del actual Millennial Saeculum han evolucionado como lo han hecho. Entenderá por qué este viaje secular debe culminar en un Cuarto Giro y qué es lo que probablemente suceda cuando llegue. En la tercera parte ("Preparativos"), explorarás lo que tú y tu nación pueden hacer para prepararse ante la crisis que se avecina.
Dado el actual estado de (des)ánimo de la era de la descomposición, de indulgencia personal y desesperación pública, todo esto puede parecer un momento desesperado para reorientar el curso de la historia. Pero aprenderá cómo, aplicando los principios de la estacionalidad, podemos dirigir nuestro destino. Es mucho lo que podemos lograr en un otoño secular (el autor se refiere a 1997), son muchos pasos los que podemos dar, para ayudar a asegurar que la próxima primavera presagie tiempos gloriosos por delante.
Haríamos bien en aprender de su experiencia, vista a través del prisma del tiempo cíclico. Esto no lo lograremos con facilidad. Será necesario que demos una nueva interpretación estacional a nuestro venerado Sueño Americano. Y requerirá que admitamos que nuestra fe en el progreso lineal a menudo equivale a un trato fáustico con nuestros hijos.
Fausto siempre sube la apuesta y cada apuesta es doble o nada. Durante gran parte del Tercer Giro, hemos logrado posponer el ajuste de cuentas. Pero la historia advierte que no podemos aplazarlo más allá de la próxima curva en el tiempo. Como ha escrito Arthur Wing Pinero, "El futuro es sólo el pasado de nuevo, entrando por otro portal".
Cada vez más, los estadounidenses sienten que se acerca el próximo gran portal de la historia. Es hora de confiar en nuestros instintos, pensar estacionalmente y prepararse. Hombre prevenido vale por dos.
Fin de la traducción.
………………
Nota final: el libro, escrito en un estilo comunicacional muy “gringo” que se agradece por lo ameno y digerible, es tan fascinante como indispensable para comprender en clave actual, fenómenos de diversa naturaleza que están sucediendo (y otros que están por suceder), siempre y cuando tomemos conciencia de que se tratan en todo caso, de fenómenos circunscritos a la limitada esfera de lo que convencionalmente entendemos como “la realidad”.
En cuanto a la esfera ilimitada de “la verdad” (que al ser “ilimitada” por lo tanto no es esfera es continuum) se debe abordar el estudio de otras ramas del conocimiento, pero el gran mérito de este libro es el de establecer una sólida base racional (generacional, natural), que puede conectarse y validarse plausiblemente, con un conjunto de saberes aportados por ciertas disciplinas excluidas del cerco académico “ilustrado-materialista-modernista”, disciplinas que estudian esos “otros mundos que están en este”, como afirmaba Paul Eluard.
Atentamente,
Federico Boccanera.
Alemania, 27.9.2020
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