miércoles, 26 de octubre de 2016

EL GRAN TRAPO ROJO (El Comunismo Versátil)


A pesar del retraso, para hoy pensaba escribir un artículo relacionado con el aniversario del 18 de octubre de 1945, pero me atajó una urgencia que espero poder expresar con un mínimo de claridad, no sé si lo lograré.

Pero quisiera aprovechar para aclarar tres cuestiones importantes, antes de tratar de transmitirles mi inquietud…

SOCIALISMO Y COMUNISMO

Nunca he simpatizado con el término “socialdemocracia” y tampoco con su supuesto equivalente de “socialismo reformista”, se trata de fórmulas que sustituyen la lucha de clases por el “pacto social” y por lo tanto prescinden de la revolución a favor de la reforma. Para este servidor, en esta esencia radica la diferencia entre lo que es socialismo y comunismo, puede haber otras, pero eso es lo fundamental.

Por lo tanto, me atengo a esta última reclasificación que de paso me fue plenamente confirmada por el Doctor Enrique Tejera París, la cual tiene la virtud de desechar términos que solo confunden, en otras palabras, eso que llamamos “socialdemocracia” o “socialismo reformista” debería llamarse socialismo, a secas, el cual puede ser democrático, y eso que algunos mientan “socialismo real” es el comunismo, ni más ni menos.

No me voy a meter en ese callejón que no lleva a nada, de caracterizar al socialismo por su internacionalismo, pues socialismo y comunismo pueden ser nacionalistas e internacionalistas, no ahondaré en esa cuestión en este escrito, porque pienso concentrarme en otros aspectos.

El socialismo puede adoptar más de una modalidad: laborista, socialdemócrata, socialcristiana, “ecologista”, etc., estas modalidades vigentes hoy en día, sobre todo en Europa, son más o menos compatibles con la república y la democracia liberal. En el pasado hubo modalidades de socialismo no democráticas y profundamente antiliberales como el fascismo y el nazismo, socialismos nacionalistas totalitarios que no acabaron con el capitalismo, ni con la economía ni la propiedad privadas, aunque si las regularon y controlaron fuertemente, y a la producción la confinaron en un compartimiento corporativizado, sobre todo en virtud de preparar sus respectivas naciones para la guerra (esa sí, una misión “internacionalista”).

Para poner un ejemplo -que sé que no le caerá bien a muchos- el PSOE de España es un partido socialista, eso que algunos llamarían “socialdemócrata” y aunque diga ser “obrero” no propone la lucha de clases, propone un pacto social, el PSOE puede realizarse programáticamente sin pasar por una revolución, supuestamente respetando la república, la democracia, el mercado y la propiedad privada.

(que el PSOE lo haya hecho mal, muy mal, y que al igual que el Partido Popular se haya vuelto casta política traicionando la democracia española, es otro discurso, larguísimo, que tiene que ver con la crisis oligárquica de la política, una crisis global, más allá de lo ideológico)

En cambio, PODEMOS es un partido comunista, aunque ahora ruegan por su reclasificación como “socialdemócrata”. El verdadero programa de PODEMOS no puede realizarse sin revolución y sin derivar en el totalitarismo. En otras palabras, PODEMOS es un partido tan comunista como el PSUV de Venezuela, de hecho, es una franquicia del chavismo que no haría otra cosa que acabar con la república, la democracia y finalmente con la economía de mercado, de llegar al poder.

EL COMUNISMO NO ACABA CON EL CAPITALISMO

"Enriquecerse es glorioso"
Deng Xiaoping

No es desde luego una idea original, pero la relanzo en vista de cierta confusión que observo, pues contrario a cierta visión binaria y por lo tanto inevitablemente desenfocada, el comunismo no acaba con el capitalismo, lo pone a trabajar en modalidades compatibles y acordes (indispensables) a sus fines, en el comunismo no solo nos podemos encontrar con eso que llaman el “capitalismo de Estado” y el “capitalismo para mis amigos”, ya tradicionales en todo comunismo, pero no solo: el comunismo “actualizado” puede usar al capitalismo de muchas formas, siempre y cuando le parezca conveniente a los fines de su perpetuación en el poder. En este sentido, China nos enseña con certeza que el comunismo en su relación con el capitalismo ya no equivale “al capitalista que vende la soga con la que será ahorcado”.

El comunismo con lo que si acaba es con la verdadera economía de mercado, porque al suprimir la libertad, acaba con la república y la democracia: el ecosistema sin el cual la economía de mercado y sus virtudes, no pueden existir. [1]

Aquí en Venezuela, venimos de un socialismo, un socialismo que supo ser democrático, democrático hasta el suicidio, y vamos hacia el comunismo, por una vía que ya acabó con la república (poder temporal limitado por la ley y su separación en tres instancias independientes) y la democracia (forma de gobierno en donde el poder político está al alcance del pueblo).

En este sentido, la escasez, el hambre y el caos que estamos viviendo no son fruto de incapacidad, corrupción e improvisación, sin duda esta “trilogía” describe a la clase gobernante, pero no es explicación suficiente, lo que vivimos es el resultado de la aplicación sistemática de un plan cuya meta es la destrucción del actual mercado, para replantearlo en términos “productivos” compatibles con lo expuesto desde hace años en el Plan Nacional Simón Bolívar.

(La destrucción que realmente les interesa es la de eso que llaman "la clase media", porque solo de allí pueden salir los verdaderos enemigos. Se trata de la demolición de su sistema de valores, de la familia, la cultura, su empobrecimiento material, ergo, su transformación en prostituta (precarización).

Maduro lo que ha hecho es ahondar y acelerar el plan, en vista de una pronta superación de la gradualidad rentista que prescribía la fase del “injerto socialista”, y lo ha hecho en ese sentido con plena eficacia, casi sin contratiempos. Al respecto invito a los lectores a consultar el trabajo de investigación que sobre la materia ha desarrollado Aura Palermo, habitual colaboradora de este servidor.

EL COMUNISMO ES MILITARISTA

Con respecto al concepto de “militarismo”, concurren varias indefiniciones que no sé si son resolubles en términos de clasificación política, pero de lo que no me cabe la menor duda, es que el comunismo es militarista y termina conformando una sociedad militarizada.

El uniforme que visten los diversos comandantes históricos del comunismo, desde Stalin hasta Chávez debería bastar, no solo como símbolo, sino como muestra visible de esa esencia: el comandante de un Estado comunista es general en jefe, en lo militar y en lo civil, borrando toda frontera institucional, y la revolución comunista no es otra cosa que la transformación de la sociedad en ejército y del ciudadano en tropa.

Los países comunistas más que cárceles son cuarteles, el “desafecto” a la revolución es ni más ni menos un desertor, y por lo tanto un traidor. A partir de eso, la opresión debe verse como un orden cerrado dominando la vida de todos, no son leyes a obedecer, son órdenes a obedecer las que dominan la vida de una nación bajo el comunismo, o sea, de una nación en guerra permanente contra amenazas visibles e invisibles, en todos los ámbitos.

Por lo tanto, olvidar que el régimen chavista es militarista, significa no solo obviar su origen, su GENOMA, su basamento fáctico, la naturaleza del “redentor” que lo trajo. Significa obviar que en él lo militarista, y por lo tanto lo autoritario, incluso antecede a la estructuración gradual pero indetenible de su régimen hacia el comunismo, significa obviar también que todo debe plantearse en términos militares, comenzando por comprender que las instituciones chavistas no otra cosa son, sino guarniciones obedientes, entendiendo finalmente que el lenguaje militar no es un “verbo paterno” que se agotó con la salida de escena de Chávez.

Pediré se me perdone esta larga introducción, pero la consideraba necesaria para comprender la exposición que haré a continuación.

EL COMUNISMO VERSÁTIL

El comunismo ha sabido cambiar y adaptarse, y así como permite y hasta puede aupar capitalismos ad hoc de conveniencia, puede permitir la implantación de un Estado y un régimen híbridos (un país, dos sistemas dirían los chinos), en donde cierto consenso entre poderes y clases puede proveer todas las fachadas “republicanas y democráticas” que la corrección política internacional requiere para quedar contenta, para ello, el método providencial aplicable a Venezuela ya existe y se llama partitocracia, fórmula esa sí versátil al extremo, y culturalmente compatible como anillo al dedo en el caso venezolano, aplicable incluso en el caso de que el pacto entre poderes requiera, que la parte militar del Estado se vuelva intocable.

Lo llamo “comunismo versátil” porque en él, todo es compatible si se puede incorporar a un pacto entre poderes y clases, donde los distintos actores pueden coexistir gracias a la capacidad de adaptación infinita de élites, estamentos, burguesías, poderes fácticos y factores transnacionales, todos asociados bajo una firme dirección y supervisión militarista, internacionalmente protegida por una multinacional de Estados tutores.

Lo llamo versátil porque promueve la adaptabilidad y la incorpora como la virtud amoral indispensable, el comunismo versátil sólo pide la adaptación y a cambio permite el acceso al reparto rentista, tal como se está dando en el caso venezolano. El comunismo versátil puede engavetar la lucha de clases tan cara a cierto discurso chavista, mediante un pacto de gobernabilidad entre partidos políticos “adaptados”.

No se trata de una desviación evolutiva, porque en el fondo el comunismo siempre ha sido versátil, al constatarse su implantación en países que distaban mucho de ser los conglomerados proletarios a los que Marx apuntaba. Pero superado el shock de la caída del muro, y la cortina, ha descubierto que puede ser aún más versátil: Deng Xiaoping y Daniel Ortega por poner unos ejemplos, lo comprendieron perfectamente. Aquí en Venezuela, el chavismo en todas sus variantes obedientes o disidentes, y un sistema político de oposición peronizada, ya preparado para una “transición versátil”, lo han entendido también.

Queridos lectores, me temo que vamos hacia la implantación de un comunismo versátil en Venezuela, país superdotado en términos de adaptabilidad, al haberse incansablemente dedicado con singular esmero y desde hace décadas, a convertirse en sociedad de cómplices y paraíso de oportunistas, donde el menos aventajado aspira por lo menos a “pasar agachado”.

LOS PARTIDOS YA ESTÁN ADAPTADOS

Los partidos tanto del régimen como de su oposición, todos de izquierda y ya empaquetados desde hace años en puro populismo ramplón, se volverán ipso facto armonizables con el pacto a ser instrumentado, al confluir presurosos a la única corriente admisible para poder exhibir “vocación de poder”, que no será otra que la del compromiso con el “legado de Chávez”, suerte de peronización de la política venezolana que será la condición indispensable para acceder al consenso, y en esa misma medida se podría incluso plantear una alternabilidad perfectamente gatopardiana, que proporcione un “refrescante” cambio de caras, pero nunca de sistema (y ese sistema no es otro que el Estado rentista, capitalista a su modo, mercantilista en esencia, pero NUNCA con economía de mercado, eso NUNCA).

LAS ÉLITES YA ESTÁN ADAPTADAS

Las élites siempre están preparadas para aceptar cualquier cosa que preserve su estatus, y también como siempre, habrá excepciones, las cuales podrían constituir una esperanza si sobreviven heroicamente al aislamiento y a la persecución, y se preparan desde ya a ese hecho.

LA IGLESIA YA ESTÁ ADAPTADA

Con un papa peronista, progresista, jesuita, ya aprobado por La Habana, no hace falta dar más explicación.

Y ahora con un “papa negro” venezolano, todo quedará “bien amarrado”. [2]

De hecho, nada más compatible con un estado militarizado, nada más compatible con un futuro Estado de “misiones y grandes misiones”, que un jesuita imbuido de comunismo versátil. Parece una broma, pero lamentablemente no lo es.

LA COMUNIDAD INTERNACIONAL ESTÁ ADAPTADA

La comunidad internacional no solo está adaptada, sino que será la gran adaptadora al tratarse de un conjunto de países “desinteresados” que solo pedirán paz y estabilidad para este "bello país", aunque el tinglado demócrata y de respeto a la libertad y al derecho colectivo de autodeterminación, sea poco más que de utilería.

A cambio, se instaurará un protectorado bien amurallado, que sabrá sumar con prodigiosa armonía la corrección política multilateral que todos los factores garantes de esa paz y esa estabilidad exigirán, con la entrañable licencia internacional extraordinaria que graciosamente se le concede como derecho adquirido a todo Estado petrolero, para actuar impunemente hacia adentro (aunque hay ejemplos de impunidad “hacia afuera”, por ejemplo, para financiar extremismos reñidos con todo valor consagrado por la civilización, como hace Arabia Saudita, o el régimen iraní certificado por Obama).

No seremos como Cuba, aunque la isla también transitará hacia la “versatilidad”, seremos una Cuba pero con recursos mineros y “dirección colegiada”, tampoco seremos exactamente como China, China es atea, aquí seremos una China pero con iglesia. China y Cuba además, solo tienen un partido único, nosotros en cambio adoptaremos una gozosa partitocracia de consenso para darle colorido a una única clase política parasitaria, si a ver vamos, en Corea del Norte se las arreglan con tres partidos.

De todos modos no seremos como ningún otro, porque somos a la vez nación occidental, católica, minera y rentista, una combinación única y portentosa sobre la cual se puede erigir una oligarquía eterna debidamente concertada. La “cuarta república” en sus principios, vio la gran oportunidad de lograr el pacto social sin conflictos sociales, o sea sin tener que quitarle nada a nadie, porque el petróleo daba para eso y ese logro debía sustentar una democracia integral, social y política. La “quinta república” en cambio ha entendido que se puede implantar una hegemonía pactada y consensuada que permita disfrazarlo todo, en forma impecable e inobjetable, incluyendo -por fin- el disfraz nunca mejor logrado, sedoso por fuera y acorazado por dentro, de “república democrática popular”.

EL DISFRAZ PERFECTO

El disfraz perfecto podrá lograrlo todo, su versatilidad solo se verá limitada por la capacidad de consenso entre un poder militar intocable y la porción civil adaptada.

Con ello se podría lograr:

·       Paz (pacto de impunidad y reconciliación, comunismo versátil con fachada “socialista” de pacto social).

·       Prosperidad (capitalismo para el Estado, sus militares y sus socios, sus cortes, para “los amigos”, para burguesías viejas y nuevas, y las transnacionales, incluso con fachada de globalidad y modernidad).

·       Estabilidad (sistema “pluralista” de partidos integralmente asociados al Estado, para permitir una puesta en escena de normalidad, incluso con alternabilidad, disfraz de democracia ya logrado en Nicaragua).

¿QUIEN VA A SUPERVISAR Y DIRIGIR TODO ESTO?

Seremos un protectorado, como los hay muchos, desde afuera seremos tutelados por una gran colegiatura de intereses convergentes y complementarios, aunque no necesariamente coincidentes en el detalle.

La lista, sin ánimos de ser completa y pormenorizada, podría ser la siguiente:

Cuba: hermanados aún más con ellos, porque ahora seremos por igual un país-negocio, un país-lavadora, y desde luego, Cuba actuará como metrópolis garante y accionista con poder de veto en muchas asociaciones.

Colombia y el resto de Latinoamérica: Colombia más que nunca, para poder ejecutar con máximo apoyo, su siniestro plan de paz en la narcodominación, y el resto del continente no se quedará atrás, aunque sea para bendecirlo todo desde el aparato mediático/cultural, que para eso está el 90% de la intelectualidad latinoamericana.

EE.UU.: gane Clinton o Trump, pero sobre todo si gana Clinton, aprobará todo (aunque sea fingiendo alguna objeción) por necesidad de estabilidad para su patio trasero y de prevención de migraciones indeseadas, pero también y porque no, podría participar como socio eventual en algunas parcelas disponibles.

Rusia, China e Irán: serán ellos los principales socios, no solo económicos, y nadie les tocará un céntimo de las inversiones hechas hasta ahora, y los que creen que ellos se podrían llevar algún chasco, entonces no han entendido nada de la política, la historia y la vida.

EL VATICANO: gracias a una iglesia católica conquistada finalmente por un perfecto agente de la teología de la liberación, con su ejército no solo jesuita, chapoteando felizmente en un país militarmente tutelado y con “grandes misiones” sociales que atender y eventualmente administrar.

Y desde adentro, tendremos primero y por sobre todos, a los militares.

Los militares dominando sobre todos los del patio: gozaremos de una tutoría militar en una modalidad que podría semejar a la de Egipto, Tailandia o Paquistán (si se diseña bien, sería plenamente aprobable por los EE.UU. y resto del mundo).

¿POR QUÉ TODO ESTO?

El objetivo será la preservación del valioso Estado rentista cerrado a la verdadera libertad, importante tanto para actores internos como externos, Estado que algunos siguen llamando “petroestado” como si solo contuviese petróleo, cuando en realidad atesora otros recursos muy importantes y atractivos para toda suerte de depredación, los cuales serán el objetivo principal de muchos protectores/socios externos y de empresas y consorcios locales, sobre todo militares.

A estas alturas, a nadie le debe caber duda de que el territorio de la provincia abierta de Venezuela, tiene más oro y uranio de lo que quieren hacernos saber, que además posee coltán (tantalio) muy valioso a la luz de la demanda tecnológica surgida en el siglo XXI, y diamantes y otros minerales, y vaya uno a saber que otros yacimientos se han descubierto, tomando en cuenta que llevamos años con la zona sur del país convertida en territorio off limits para cualquier mortal no involucrado en los tráficos secretos del régimen.

Para más señas, nos encontramos también por obra y gracia del régimen imperante, ante un narcoestado en vías de convertirse en narconación, y en un emporio soñado por mafias de toda especie y pelaje en donde se puede practicar con protección (asociación oficial) toda clase de negocios ilícitos, lavados y tráficos que ni Dios sabe hasta qué punto han impregnado a todo estamento de poder (y a la misma sociedad) y que de por sí representan un giro de dinero seguramente superior al de la actual explotación petrolera.

Agreguemos a este santuario gansteril, la asociación y protección inmejorable que la militarización concede a todas estas actividades, no solo desde la fuerza armada sino también por intermedio de sus emanaciones paramilitares: guerrilla colombiana, carteles de la droga, grupos terroristas internacionales, y “colectivos” y bandas hamponiles más o menos disfrazadas desde el poder, cuando no controladas desde el mismo como si fueran milicia.

Perdonen la distracción dantesca, vuelvo al punto.

El Estado rentista venezolano convierte a quienes conquistan el poder, en dueños del trono, el botín y el arsenal, configurando lo que bien podría definirse como un Estado totalitario en los hechos, totalitario por la influencia omnímoda que impunemente puede aplicar sobre toda la sociedad a la cual somete y secuestra de una forma u otra. Esta no es obra exclusiva de la “quinta república”, se debe reconocer que viene desde antes, pero no cabe duda de que con el chavismo adquirió deformidades y omnipotencia malsana en una magnitud que ridiculiza todo lo anterior.

La actual clase política que comprende tanto la oficialista como la conformada por su supuesta oposición, es la derivación fatal de unas élites sociales, culturales, económicas infinitamente mediocres que, amparadas casi todas por ese mismo Estado rentista (con poquísimas pero notables excepciones) podrían perfectamente contender el título de las peores élites del continente, por su incapacidad existencial de sustraerse a la decadencia sistémica y materializar una alternativa que evitase la tragedia. Más bien y en todos sus estamentos (siempre con honrosas y escasas excepciones) estas élites fueron las principales impulsoras de la demolición despiadada del régimen anterior, y promotoras entusiastas del ascenso de Hugo Chávez, al cual creyeron amaestrable.

Y estos “políticos” (subalternos de esas élites) sin la menor duda son los peores que hemos tenido en mucho muchísimo tiempo, al menos en los últimos 110 años, no poseen de ninguna manera alguna cualidad de liderazgo natural, ni preparación, ni partidos con visión ni programa, ni menos que menos una base social trabajada, nada que les permitiese su supervivencia en cualquier otra circunstancia, de hecho, sobreviven, medran, gracias a su lograda adaptación a un sistema con el cual conviven ni más ni menos, en modalidad comensalista, en donde se les ha permitido actuar y usufructuar de ciertos cotos de renta (los "espacios" así los llaman, verdaderas concesiones regionales/locales) en la misma medida que no representa un peligro real para el actual régimen, ni mucho menos para el modelo rentista de Estado, del cual ellos tampoco piensan desprenderse (sería su suicidio).

Y la situación actual, en donde la supuesta oposición pretende haber conquistado un poder público al ganar la asamblea nacional, confirma patéticamente y para desgracia ulterior de los venezolanos, no la neutralización de toda vía institucional, republicana y democrática para cambiar la conducción del país, que eso ya se sabía, ni tampoco la miserable esterilidad de la actual dirigencia (que eso también se sabía) sino que se descubre que, la verdadera intención al conquistar la asamblea, era para reforzar cierta capacidad negociadora para el statu quo al cual se deben (y del cual emanan en muchos casos).

Nota: a mí nadie me quita de la cabeza que Fidel Castro no solo ambicionó siempre el petróleo venezolano, sino el hacerse también con este particular modelo de Estado lubricado por la renta, tan adaptable y disfrazable para servir a todos sus propósitos.

¿Y LA MUD?

¿Vieron que no hablé hasta ahora de la MUD? Porque la MUD, que no sus partidos como tales, cuyos objetivos y función ya describí, cumple una gran tarea como institución debidamente adscrita y reconocida por el régimen: la de colaborar en impedirnos la visual de toda la trama.

Son los que sostienen, con las manos bien en alto y sin vacilación:

EL GRAN TRAPO ROJO.

Epílogo:

Si creen que exagero los puedo entender, solo advertiré que no tienen idea de lo que pueden hacer y deshacer en la oscuridad, clases dominantes y clases políticas, todas fisiológicamente alérgicas a la libertad, porque de eso se trata, del terror a la libertad. Un terror que ya estaba presente durante nuestra gestación como nación, y que en el fondo nunca nos ha abandonado.

[1] Lo que se debería establecer es si realmente puede existir una economía sin capitalismo, de lo cual podría desprenderse que el comunismo de ninguna manera puede prescindir del capitalismo, pero este es otro tema.

También otro tema es si el comunismo es una república o una forma disfrazada (uniformada) de monarquía, en donde el comandante revolucionario sustituye al príncipe, al rey o al emperador.

Finalmente, la democracia del comunismo podrá llamarse a sí misma “social”, porque reconoce ciertos derechos materiales, pero no incluye la libertad, sea individual o política, sobre este punto no creo que pueda haber discusión.

[2] Se trata del venezolano Arturo Sosa Abascal, Superior General de la Compañía de Jesús.

miércoles, 20 de julio de 2016

EL MINOTAURO MILITAR (Parte 1)


En estos días vivimos una explosión de polémica tanto en la opinión pública mercantilizada como en la ciudadana, a raíz de la promulgación del decreto 2.367 en donde La Habana transfiere de un títere a otro el poder para supervisar entre compañías militares, el desmantelamiento de los últimos remanentes de mercado que quedan en la espectral economía venezolana.

Es el paso previo de la guerra económica a una guerra a secas, en donde el comando pasa a la parte militar para poder ejecutar mejor la destrucción final del viejo orden, con miras a la implantación de modos de producción y distribución más compatibles con ese comunismo futuro según modelo chino/habanero/adaptado, que nos pretenden imponer.

La verdad es que el Estado castrochavista siempre se condujo ejerciendo la política como guerra, no tanto por hacer honor a la clásica equivalencia de von Clausewitz, no tanto por seguir aquella fórmula de “caudillo-ejército-pueblo” propuesta por esa calamidad intelectual que se llamaba Norberto Ceresole, sino por un hecho más simple y esencial y es que Chávez era militar, un militar deformado en muchos sentidos, pero era un militar, y en modo militar ordenó siempre todos sus pensamientos, sus planes, su vida. Pero hay otra cosa que señalar.

Señores, hemos estado en guerra contra militares y “armados” desde hace un buen tiempo, y esta que nos afecta actualmente, ha sido guerra soterrada desde 1958 y abierta desde 1989.

Punto Fijo fue pacto en tiempos de paz, pero pendiente de esa guerra, y Carlos Andrés Pérez fue una baja de esa guerra, ese “hubiera preferido otra muerte” es un reflejo vano del que descubre tardíamente, de que se trata todo.

Y en 1999 con la llegada de Chávez, desde ese primer juramento en donde a la constitución de 1961 la ponen en un campo de concentración, a la espera de su ejecución, siempre y desde el mismo principio hemos estado bajo un régimen militar. Un régimen en guerra contra la nación y en donde el único cambio digno de tal nombre que ha ocurrido en el plan, ha sido la forzosa sustitución del caudillo ductor militar por un “locutor oficial” civil, adoptando una feliz definición de Maduro surgida recientemente.

En fin, la “cuestión militar” ha vuelto a la palestra y una vez más se roza el problema, mas no se profundiza en él.

VENEZUELA NACIÓN MILITAR

Volvamos atrás para ejecutar unos pocos vuelos rasantes, tratando de aferrar algo del problema de lo militar en nuestra historia, y comencemos por lo manido, pero que nunca está demás repetir: lo militar está en el origen de nuestra nación y en toda su accidentada evolución a lo largo de sus dos siglos de existencia. Somos una nación que a duras penas puede mostrar civiles entre sus próceres originarios primero, y entre sus gobernantes después, hasta el sol de hoy.

En 205 años de “vivencia republicana” hemos tenido (excluyendo provisionales e interinos) 13 gobernantes civiles de un total de 32 nombres (40 %), pero es en términos temporales donde se aprecia la magnitud “militarista”, pues la extensión total de períodos de gobierno encabezados por civiles apenas representa el 26%.

Y lo peor es que habiendo logrado la “modernidad persistente” durante un período prolongado e ininterrumpido de gobiernos civiles y democráticos que duró 40 años, de 1959 a 1999, terminamos poniendo de nuevo a un militar al frente de nuestro destino, en un momento álgido curiosamente provocado en gran parte por él mismo, y de paso el elegido no es uno cualquiera: pues cuidadosa y sensatamente coronamos a un teniente coronel golpista, que conspiró y atentó contra la democracia durante toda su vida adulta, y que además estaba lejos, pero muy lejos, de tener una hoja de servicio destacable en algún punto.

Esta sociedad en su conjunto escogió a un sinvergüenza en todo sentido, para encargarse de su destino. Increíblemente y sin que le temblara el pulso, lo apostó todo a un “comandante” comprobadamente más que mediocre, y no para rectificar y gobernar sino para vengar y poner orden, y este atavismo que avergonzaría incluso a la más bananera de las repúblicas, sobre todo afloró y germinó profundamente en nuestras élites, si, en nuestras élites.

Élites cretinas, la mayoría de ellas, que ciegamente alimentaron una crisis sin darse cuenta de que esa crisis podría llevarse en su colapso a la democracia, élites “calculadoras” que “pensaron” que el milico sería un monigote fácilmente manejable, élites cómplices, que ya sabían por dónde venía Chávez, que ya sabían que ese espécimen plenamente certificado por Fidel Castro, representaría el triunfo tantas veces soñado de “la izquierda”.

Al candidato militar, todas esas élites salvo mínimas y honrosas excepciones, le proporcionaron un apoyo jamás visto en candidato alguno, en elección alguna, realmente algo nunca visto y que proporcional a la economía es posible que constituya un caso único de porcentaje del producto interno bruto invertido en una sola campaña electoral, tal fue la intensidad arrolladora de esa operación en la cual empresas, medios, bancos, academia e intelectualidad, se zambulleron con un entusiasmo sin precedentes para asegurarse de llevar a Chávez a la presidencia de la república.

Lo que las élites nunca hicieron, ni siquiera para cabildear por ellas mismas, lo hicieron en cambio por el candidato militar, el comandante de sus corazones. Pero la obra contaría con un alcance social transversal que ya no obedecería a cálculos de tarambanas encumbrados, sino a una mezcla muy bien dosificada de taras culturales con ignorancia pura y dura, pues la obra de las élites sería rematada por la clase media, de hecho, el aluvión de votos para Chávez por parte del pueblo llano, ese debía darse por descontado, no se podía dudar de eso, no se podía esperar nada distinto, en cambio, fue algo alucinante observar el disparate, el suicidio absurdo de una clase media que le proporcionó millón y medio de votos delirantes al “comandante”. Ese fue el aporte de nuestra muy “educada y preparada” clase media (y no crean que ha dado síntomas de mucha mejoría en los últimos años).

¿ES VENEZUELA UNA NACIÓN CIVILISTA?

La más grande omisión de esos 40 años continuos de poder civil, plural y democrático que tuvimos, lapso que ha debido procrear por lo menos dos generaciones nuevas de venezolanos, fue su esterilidad para crear ciudadanía y más aún, una ciudadanía particularmente activa, que pudiese llegar a ser compatible con una vida civil en democracia, aunque sólo se tratase de una “minoría esclarecida”, de una vanguardia que al menos aportara la energía permanente y renovadora que se necesitaba para evitar el estancamiento. Eso no pasó.

Nada de eso ocurrió, y la democracia de los civiles en el poder al final degeneraría en régimen consensual, oligárquico, partidista, y el habitante votante que no ciudadano, se quedaría como cliente decepcionado de una oferta engañosa de reparto y ascenso que no pudo sostenerse en el tiempo, y sin entender que no era por democrática sino por rentista, que estaba fallando.

Nada que hacer, se exigía un acto sacrificial para contentar a ciertos dioses y el cordero elegido al final, no fue uno, sino dos, fue la democracia y su contraparte esencial, la civilidad, las que fueron degolladas de un solo cuchillazo, porque al elegir a un MILITAR SIN CARRERA, SINVERGÜENZA y GOLPISTA, no otra cosa se estaba haciendo…

LA INFECCIÓN MILITAR ES POR DEBILIDAD CIVIL

En el pasado, antes de la Venezuela petrolera, lo militar prevaleció en el tiempo por constante debilidad institucional de Estados que se sucedían más o menos precarios, al borde de una perenne inestabilidad que podía incluso ligarse con la caracterial de sus jefes al mando, y así fue durante todo un largo y dramático siglo hasta que, tan de hecho como paradójicamente, fueron Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez los que más hicieron para desmilitarizar al país, al precisamente crear la escuela militar de Venezuela, lo que implicaba la creación de un único cuerpo institucionalizado para aplicar el monopolio de la violencia y la consiguiente profesionalización para sus integrantes. De paso, Gómez usó el rodearse de civiles inobjetablemente brillantes para el ejercicio del gobierno, gobierno que también fue creador de una sólida institucionalidad CIVIL que aguantaría la prueba del tiempo.

Sin caer en la apología, estamos ante el primer régimen que le dio una respuesta/solución, civilizatoria y definitiva, al montonerismo y al caudillismo. El antimilitarismo gomecista efectivamente, no dejó como herencia una dinastía ni otros dictadores (o caudillos), y sus sucesores, aunque militares los dos, precisamente se destacarían por abrirle la puerta a los civiles, a los políticos y periodistas para que llevaran al país hacia la modernidad, o sea, abrieron la compuerta que llevaría a la libertad y en algún momento a la democracia. Desde luego las velocidades de los años treinta y cuarenta son las que son y de hecho la respuesta al pedido de democracia fue lenta, pero no fue negada.

Lamentablemente, deplorables procesos que dieron como resultado el penoso retorno a la fatalidad de la dictadura militar, luego del intento de revolución democrática de 1945 a 1948, parecía que impedirían que la sociedad pudiese asimilar la noción de que orden y prosperidad pudiesen ir de la mano con la libertad, y estar bajo la égida de civiles. Sin embargo ciertos sectores de esa misma sociedad y de las élites -verdaderas élites que había por aquel entonces- por no hablar del sector político acallado y perseguido por Marcos Pérez Jiménez, siguieron estando firmemente convencidos de que el país si había madurado lo suficiente para la libertad y la democracia, a pesar del deslumbre que producía la obra impresionante de desarrollo material, vertida por el dictador de turno.

Tenían razón, su visión era correcta, y el carácter popularmente democrático y de coprotagonismo civil de los acontecimientos de enero de 1958 así lo confirmó, esa fue una “revolución democrática”.

Con la democracia civil y plural inaugurada en 1959, el país al fin pudo darse la oportunidad de unir la libertad con el progreso. La felicidad en todos los órdenes parecía posible. Pero se dieron dos procesos cuya evolución y resolución, a la postre resucitarían el fantasma militar como opción “corregidora” de los destinos del país.

1974: COMIENZA LA INVOLUCIÓN CIVIL

"En el próximo período de gobierno (1974-1979) seré consecuente con los postulados que han guiado siempre la conducta de Acción Democrática, llevados al Gobierno por mis ilustres antecesores… nuestro gobierno mantendrá la plena vigencia de la democracia pluralista. Todas las organizaciones de ciudadanos participarán en la vida pública…”.

Carlos Andrés Pérez (CAP) sobre la “Democracia con Energía”, 1973.

En 1974, con el aluvión de petrodólares cuadruplicado en pocos meses, dio comienzo la “Gran Venezuela” de CAP I. El Estado venezolano comenzará a sentirse “omnipotente” y capaz de asumir todas las tareas, todos los planes, toda la dirección. Es así como terminaríamos con un Estado que al sentirse dueño de la máxima riqueza y del poder que le confería, más que nacionalizar como supuestamente hizo con la industria del hierro y el petróleo en la práctica se privatizó, cometiendo un error de aprendiz de brujo que de todos modos era justificable, a la luz de los paradigmas de desarrollo económico de la época.

Lo que no puede justificarse ni defenderse, fue su efecto sobre la sociedad, y en particular, sobre lo que teníamos de sociedad civil.

A partir de 1976, se privatiza el Estado y se estatiza la sociedad, y esta a su vez también terminará por caer en el mismo tonel de abundancia embriagante. Al final, todo terminará afectado por esa intoxicación.

Al empresario, el Estado borracho dejará de verlo como el aliado indispensable del desarrollo para convertirlo en cliente/socio, es así como al empresariado nacional lo veremos degradado a mero subconjunto clientelar, para luego convertirse en poder fáctico de posicionamiento colaboracionista u hostil, según los cambios y reacomodos de apetencias y ambiciones de poder, de lado y lado.

Y lo mismo pasaría con muchas organizaciones de la sociedad civil como gremios, sindicatos, federaciones, asociaciones. Ocurrió también tanto en universidades como en colegios profesionales, incluso hasta en las juntas vecinales: es la politización extrema de una sociedad, pero no en un sentido constructivo y colaborativo de participación con ideas y proyectos de país, sino en el sentido perverso y deformador de extensión del control clientelar y prebendario. Cuando los partidos finalmente colonicen al Estado y hagan lo mismo con la magistratura y procedan a su “tribalización”, quedó colocada una piedra sepulcral que dificultará mucho el surgimiento de cualquier forma de sociedad civil políticamente válida.

Unos años después un cínico inveterado como Luis Miquilena, homenajeado por la actual Asamblea Nacional durante la escritura de este artículo, preguntaría acerca de la sociedad civil “¿con qué se come eso?” (tenía razón y no fue tan cínico en ese caso…).

Al final de este proceso, no hay organización ni asociación importante que conserve su pureza civil y la que no es clientela será factor de poder: triunfará por todo lo alto -y lo bajo- el corporativismo prebendario, y por lo tanto toda salida evolutiva, toda “perfectibilidad” quedó desactivada. Es el momento a partir del cual, el trance regresivo hacia el pasado quedará habilitado, para el que lo sepa invocar.

Por parte de los partidos, su incorporación en el Estado daría lugar a la partitocracia, al régimen consensual y al abandono de todo trabajo político permanente en la base social.

Ya no tendremos líderes naturales sino candidatos empaquetados, el trabajo político será el de la campaña electoral permanente, los “correajes” serán los de financistas y clientelas, los proyectos de país serán reemplazados por promesas electorales de confección mercadotécnica, las bases de los partidos serán “maquinaria”, y el ciudadano, un mero votante.

Cuando todo esto comience a derrumbarse con el primer triunfo del mal manifestándose por vía del derrocamiento del mismo Carlos Andrés Pérez en 1993 [1], ya los partidos habían comenzado a disolverse, y no es desdibujo sino derrumbe, pues la política como tal ya no cumplía su función pública de “ordenadora de lo político”, o sea de los conflictos y necesidades de orden en la sociedad, y solo se dedicaba, en función privada, a tratar de salvar su “propio orden” y su hábitat casi exclusivo dentro del Estado: ya a estas alturas y ante el país, todo político aparece como un incapaz, un corrupto, como alguien que “actúa de espaldas al país”, “no da la cara” y “no se responsabiliza por nada”.

La respuesta a la plegaria, en fugaz aparición la mañana del 4 de febrero de 1992, se mostrará haciendo lo contrario, es verdad que lo hace porque ha fallado: “los objetivos no fueron logrados” pero lo admite con serenidad y fluidez y se enmarca con un “por ahora” de presagio puro… la respuesta a la plegaria es un engendro, y ese engendro es militar…

La reaparición del germen patógeno militar en 1992 nos agarra sin vacuna, con escasísimos anticuerpos ciudadanos y con una sociedad civil quebrantada, por su promiscuidad venérea con la politiquería y unas élites que, o han perdido el rumbo, o siempre lo tuvieron firmemente apuntando hacia La Habana.

Lo cierto y lo que debería quedar como lección grabada para siempre, es que nunca podrá levantarse ninguna sociedad civil con una “población” dependiente del Estado para hacer cualquier cosa, casi cualquier cosa, como fue la que terminamos criando bajo el rentismo desaforado que comenzamos a desarrollar, desde mediados de los años setenta.

Y esta sociedad civil perennemente débil, en mengua ininterrumpida desde hace 40 años, es la que no puede ni podrá impedir por los momentos la reinfección militar, una y otra vez, y eso es algo que estamos viviendo a cada rato, cuando por ejemplo, algún general de la deshonra eterna como un Rodríguez Torres o un Alcalá Cordones, se lanza en aparente invectiva contra el régimen de Maduro y vemos con grima como cierto sector mentecato de nuestra clase media y su dirigencia atarantada, se aprestan a celebrarlo con entusiasmo bobalicón.

EL SUPRA PODER FORMAL-FÁCTICO PERO ARMADO

En la situación actual la reinfección nos viene de una fuerza armada ya distorsionada hasta convertirse en el super poder, y en el principal consorcio transformador de renta en privilegio, en asociación “ecléctica” pero dominante sobre el Estado, donde determina, aprueba, manda, pero también goza de relación clientelar como si se tratase de un poder fáctico (en Venezuela se dice “que paga y se da el vuelto”) estamos hablando de una corporación esencialmente mercantil que trocó “altares de la patria” por arcas bancarias, que defiende al Estado y no a la nación, al poder y no al soberano.

Es así como llegamos a esta fuerza armada en el mínimo histórico de su moral, que no internaliza su rol civilizador como monopolizadora de la violencia, como baluarte de la soberanía, y se ha contraído a superclase política únicamente defensora de su estatus supremo. Esta decadencia angustiosa es el resultado de una evolución impedida y una asociación indebida, la cual nos obliga a retrotraer cronológicamente el relato.

1958: COMIENZA LA GUERRA

La guerra contra la democracia venezolana comienza desde el primer momento, y vamos a estar claros, el Pacto de Punto Fijo del 31 de octubre de 1958, no solo fue un pacto de gobernabilidad, fue también un pacto de defensa de la democracia civil contra amenazas militares directas: amenazas internas promovidas desde el seno de las mismas fuerzas armadas, y que nunca cesaron (ni cesarían), y a su vez una amenaza externa que comenzaría al poco, poquísimo tiempo...

Era necesario defenderse contra amenazas internas inmediatas, por parte de un sector militar descontento por la repetición de un “nuevo desorden democrático”, y sobre todo, porque a diferencia de como participaron en el trienio 1945-1948, tendrían por primera vez en la historia que resignarse a quedar relegados a solo ser, el sostén obediente, APOLÍTICO y no deliberante del civilismo gobernante. Esto se manifestaría abiertamente apenas a 6 meses del 23 de enero con el intento de golpe de estado por parte del ministro de la defensa de la junta de gobierno, General Jesús María Castro León.

Pero también y al poco tiempo, el gobierno puntofijista de Rómulo Betancourt debería ocuparse de una amenaza geopolítica externa, que surgiría prácticamente al año de comenzada la revolución cubana de enero de 1959, y que tendría su expresión nacional materializada en la guerrilla. Se trata de la irrupción continental del expansionismo castrista y sus cachorros venezolanos, que en 1960 dividirán al partido Acción Democrática para llevarse su juventud al MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y que en 1961 activarán la lucha armada, desestabilizadora y conspiradora sin tregua contra la incipiente democracia venezolana.

LA GRAN OCASIÓN PERDIDA

“Hoy no se conoce el nombre de un solo oficial, de un solo soldado muerto defendiendo la democracia. El sistema democrático de partidos, reinstalado en 1958, cantó la heroicidad de sus muertos durante la década militarista de 1948 a 1958, pero impidió que se reconociera la heroicidad de los policías y los militares caídos en su defensa en la década de los 60”

Jorge Olavarría, “Aparece el militarismo” [2]

Esa lucha contra la guerrilla castrocomunista y sus agentes venezolanos, y la categórica derrota militar que las fuerzas armadas le propinarían en todos los frentes, representó una ocasión histórica única para graduarlas como ejército forjador, no sólo de libertades, sino de democracia, un título y reconocimiento más que merecido porque además reposaba sobre el sacrificio de muchos hombres valientes.

Se trataba de enaltecer al “episodio militar más exitoso y honroso del siglo XX” [3] para que hubiese podido quedar como “gesta refundadora”, de una institución unívocamente identificable con el nuevo Estado democrático venezolano.

(Si le hubiese tocado al castrismo ese papel de vencedor, jamás habría dejado pasar semejante oportunidad y hubiese creado historia, leyenda, doctrina, altares, eslóganes, películas y fechas patrias, pueden estar seguros de esto)

Pero nunca hubo tal homenaje, ni honra, ni gloria, al menos algo digno de mención, y así la gesta fue confinada casi que a la anécdota ocasional, para disolverse gradualmente hacia el olvido colectivo, en un relato relegado y fragmentado que nunca fue incorporado plenamente ni a la memoria, ni a la historia.

Las razones de esta censura histórica deliberada son múltiples: muchos invocaron el temor a un “César Militar” que podría despertarse ante una nueva “cesión de gloria”, por parte de una sociedad agradecida por haber sido liberada de nuevo.

Pero la razón principal, debe atribuirse sin lugar a dudas, a la labor pertinaz de cierta intelectualidad, algunos medios y la abrumadora mayoría de la academia (todos con su alma vendida a la nueva izquierda “pacificada y democrática”) que se entregó sin pudor a la adulteración de esa apreciable porción de nuestra historia, hasta deformarla, fragmentarla, encogerla, fantasmizando al militar, ponderando enjundiosamente al guerrillero, y algo crucial, haciéndola desaparecer de todo plan de estudio, sea de enseñanza básica o superior e incluso de la instrucción militar.

(Se dice siempre que "la historia la escriben los vencedores", pero en este caso no fue así, la historia de la guerrilla la escribió la izquierda, esa izquierda que ahora sabemos que solo fue derrotada en su desviación "foquista", y al hablar de izquierda no hablamos de individuos, se debe hablar de su sistema de hegemonía cultural, y este no es el único caso: en toda latinoamérica nos educamos, especialmente a nivel secundario y universitario, con la versión "a vena abierta", de nuestra historia, en donde por cierto, los historiadores izquierdistas son mediocres versiones de sus maestros europeos, especialmente en el caso venezolano)

Mientras tanto la conspiración en las fuerzas armadas nunca se detendría, con grupos para todos los gustos y colores, y también la penetración por parte del castrismo seguiría impertérrita, hasta empatarse al final con la conspiración a cielo abierto de los victimarios de la guerrilla y sus socios corporativos, metiéndole la puñalada trapera a esa “política” y esa “democracia” que años antes los había pacificado, reconocido y dignificado, aun a costa de falsificar la historia y mezquinarle toda gloria al único hito que hubiésemos podido tener, de lo militar en clave civilista/democrática.

Duélale a quien le duela, fue Rómulo Betancourt el único que siempre estuvo claro frente a la amenaza castrense y la amenaza castrista por igual, a las que tuvo que enfrentar y correr con las consecuencias, en gobierno e integridad de su propio partido, con dolorosas pérdidas de vidas humanas y compañeros que se llevaban consigo vocación y porvenir, e incluso teniendo que reconocer sin ambages, y en pro de la misma democracia, a aquel Rafael Caldera precariamente triunfante en las elecciones de 1968, el mismo que luego traicionaría repetidamente todo el esfuerzo civilizador y democrático al serpentearse como notable beneficiario de la conspiración contra CAP II, destruir su propio partido fundador del ciclo virtuoso, volver al poder precisamente con los guerrilleros, y liberar apresuradamente en los primeros actos al demonio exterminador, por “presión de la sociedad”. [4]

Al final de la historia, esta fuerza armada (en singular, como conviene a un partido) convertida en clase política cerrada sólo representativa de su propio poder, obrando desde el poder y por el poder, ella misma termina atrapada en un callejón sin salida dentro del cual, solo le quedará actuar con violencia creciente, sea para avanzar en su obra de oprobio hacia la nación, sea para retroceder y liberarse de un destino ominoso, que incluso podría incluir su propia desintegración.

EL MINOTAURO MILITAR

En toda sociedad realmente democrática, el único factor de poder deberían ser los partidos políticos, como extensión operativa del interés público.

El Estado, como organización política al servicio del interés público y obedeciendo a ese solo interés, debe poder actuar con autoridad y potestad, en otras palabras, ejercer con soberanía, y eso sólo se logra si puede aplicar un poder indisputable por monopolio de la ley y la violencia.

Para aplicar sus monopolios, el Estado debe poder contar entre otros brazos ejecutantes, con unas fuerzas armadas preparadas y eficientes, especialmente en el caso de un país pletórico de recursos naturales como es el nuestro, y eso no es ni sustituible ni delegable, salvo pantomimas como la del protectorado costarricense. Cabe recordar aquí que, la disuasión por la fuerza, estamos lejos de poderla superar como método sustituyéndola con la mera aplicación del derecho: es posible que algún día eso se logre, pero ese día aún está muy lejos.

Las fuerzas armadas deberán seguir existiendo y su vigencia institucional dependerá exclusivamente, de que sigan existiendo como organizaciones que sirven a la nación, obedeciendo a un Estado igualmente al servicio de la nación, esta es la ecuación básica, pero de increíble dificultad, que deberemos resolver en el futuro. Eventualmente, lo militar puede y debe actuar dentro de ese ámbito éticamente turbio de la “razón de estado”, pero siempre y cuando la preservación de ese Estado sea para seguir sirviendo únicamente, al interés público.

Al minotauro militar no hay que exterminarlo, pues lo encontraríamos multiplicado a la vuelta mientras esta sociedad no logre superar sus atavismos premodernos y preciviles. Más bien, hay que demoler el laberinto para que lo militar pueda sumarse al proceso civilizatorio que la nación tendrá que emprender en su conjunto, y que nos deberá llevar a que cada quien encuentre el sitio que le corresponda y del cual nunca debería salir: es así como los militares solo podrán “regresar a sus cuarteles” cuando el cuartel salga de todas las mentes, y los políticos, y la política, regresen a la sociedad civil.

[1] Para impedir la confusión en el lector no informado, se debe apuntar que Carlos Andrés Pérez gobernó durante 2 períodos presidenciales: de 1974 a 1979 (CAP I) y de 1989 hasta 1993 (CAP II).

[2] “Aparece el militarismo”, Jorge Olavarría, Diario “El Nacional”, Caracas, 2002.

[3] “Los hijos de aquella omisión”, Jorge Olavarría, Diario “El Nacional”, Caracas, 2002.

[4] Rafael Caldera, otro que fue presidente dos veces, entre 1969 y 1974, y entre 1994 y 1999, la primera vez con su hijo legítimo, el Partido COPEI (partido fundamental de la democracia) y luego con su hijo bastardo, el pseudo partido CONVERGENCIA en donde gobernaría junto con figuras importantes fundadoras del partido MAS (Movimiento Al Socialismo, y estas figuras importantes son exguerrilleros de los años sesenta). Caldera en 1992 dio un discurso en el congreso justificando la intentona militar, y en 1994 y ya como presidente, liberó a Hugo Chávez al sobreseer su procesamiento como golpista.




jueves, 14 de julio de 2016

Aquí ya no pintamos nada


AUTODETERMINACIÓN

1. Decisión de los ciudadanos de un territorio determinado sobre su futuro estatuto político.

2. Capacidad de una persona para decidir por sí misma algo.

DRAE.

Derecho de los habitantes de un territorio nacional a decidir su independencia y régimen político sin recibir presión alguna del exterior.

Diccionario de la lengua española, Espasa-Calpe.

(Antes que algún académico me caiga encima, advierto que la supuesta aplicabilidad exclusiva de este principio a naciones o “pueblos” que hayan sido colonizados, ocupados por la fuerza o sometidos a apartheid, calza perfectamente con la situación actual y real de Venezuela).

Comienzo el artículo con estas definiciones simples acerca de lo que es autodeterminación, para poder exponer un aspecto decisivo de nuestro destino final, que la permanente y pobrísima retórica política en la cual hemos caído desde hace años, no permite precisar en toda su magnitud trágica.

Con respecto a la república, esa construcción que no puede existir sin ley, sin separación de poderes ni instituciones, se debe constatar su pérdida hace rato y con ella la posibilidad de democracia. Seguir discutiendo si esto es o no es dictadura (o tiranía) solo puede obedecer al deseo oculto de manipuladores siniestros.

Más aún cuando tampoco puede caber duda de que entregamos nuestra soberanía a Cuba, lo cual determina una relación que ya ni siquiera es de asociación “venecubana” sino una relación colonial de la peor especie, en donde la metrópolis se ha beneficiado ampliamente a expensas de nuestra destrucción.

Esta relación de explotación en sus peores términos, nos puso a merced del castrismo y su proyecto expansionista, pero no todo estaba perdido, pues esa situación poseía la gran singularidad -y me perdonan el uso del término- de que implicaba una lucha bilateral, en un solo frente, contra Cuba, lucha que habría podido darse aún con cierto margen de independencia de cara al concierto internacional, por lo menos hasta el fatídico año 2014, todo claro está, si hubiésemos podido disponer alguna vez de una verdadera oposición haciendo un trabajo que debió comenzar hace años.

Sin duda, esa lucha igual hubiese sido ardua y compleja, porque si bien se trataba de enfrentarse a Cuba, ésta habría recurrido a encender y atizar el escándalo y la indignación de enteras naciones de Suramérica y el Caribe, y también de Europa, tanto las simpatizantes supinas de La Habana como las compradas por Chávez, amén del aparato mediático multinacional de formación de opinión de las izquierdas intercontinentales. Sin duda una guerra nada fácil, pero una guerra que aún podíamos librar sobre todo porque el sistema de alianzas castrochavista así como fue comprado, se le podía derrotar en un plano moral y también material.

Lamentablemente, la insuficiencia política crónica de la dirigencia venezolana de estas últimas cuatro décadas, que jamás pudo prevenir ni detener el avance de la desgracia, terminó por desacreditarnos ante el mundo en más de una forma. Nos alienamos mucha comprensión foránea porque todo este proceso perverso, plantea las paradojas casi surreales de una nación con recursos de emirato árabe, pero reducida a la pobreza de Haití, y la de una nación que, aún con cierto nivel de poder y desarrollo material, terminó como colonia de una más débil y atrasada. Este caso que nada osadamente se podría clasificar como único en el mundo, no solo desnuda la capacidad devastadora del régimen castrochavista, sino también la deplorable postración de casi toda la sociedad, y ni hablar de su dirección política.

Lo que penosamente nos ha sucedido, y el hecho de que aún sigamos transitando por este derrotero en forma que parece indetenible, nos debe llevar finalmente a una pregunta de importancia realmente trascendente, que no es otra que el de nuestra efectiva capacidad para autodeterminarnos, en los términos expresados por las definiciones expuestas al principio.

¿Hemos perdido la capacidad de autodeterminación? Esta pregunta deberíamos hacérnosla con toda la gravedad del caso, y sobre todo sin perder tiempo, y me refiero al tiempo porque pareciera que la pregunta ya está siendo respondida por otros, no precisamente por estos lados, y pareciera que la respuesta es negativa.

En estos momentos, el futuro del país debería pasar otra vez por una nueva disputa a ladridos entre el régimen y su supuesta oposición, sobre la muy controversial cuestión de “diálogo versus revocatorio”, especialmente sobre si estas propuestas se excluyen entre sí.

Este enfrentamiento degenerado desde el mismo comienzo en diatriba estéril, se ha planteado y desarrollado sin mostrar la menor posibilidad de poder solucionarse en forma “cívica”, y, conociendo la naturaleza y las limitaciones insuperables tanto del régimen como de su particular oposición, es indudable que no llegue a ningún lado y por lo tanto ahonde la situación de crisis, ya de magnitud humanitaria, que afecta dramáticamente a la población.

Mientras tanto se han activado los aparatos diplomáticos que siempre se pueden aplicar en estos casos, y de hecho, la movilización tanto del régimen como de su oposición ha terminado por gestar una situación que está a la vista de todos: el problema ha sido arrebatado por eso que llaman "la comunidad internacional", y esta apropiación, aun tratando de salvar lo que le queda de fachada a nuestra soberanía, es completa e irreversible, salvo la improbable eclosión de algún evento de talante claramente insurreccional, que en todo caso será forzosamente violento (e impredecible).

El hecho innegable, más allá de espejismos y autoengaños, es que esta confrontación no será decidida por los venezolanos, será decidida entre muchos países: Cuba, EE.UU., Colombia y parte de Latinoamérica, la Unión Europea, Rusia, China, y para coronar el pastel multicapa, el Vaticano.

Cada uno, obedeciendo como siempre a sus intereses, actuará, mediará o intervendrá por estar necesitado a su vez de estabilidad para sus planes de apertura a la inversión (Cuba), para sus procesos de “paz” (Colombia) o para impedir flujos migratorios indeseables (los EE.UU.). Más otras motivaciones que sería muy largo de describir aquí comenzando por tratar de “perfilar” a este Vaticano convertido en internacional dispensadora de bendiciones papales al progresismo ecuménico, o el hecho eterno de que muchos están codiciando desde luego, nuestros recursos naturales, los cuales van mucho más allá del petróleo (China, Rusia, TODOS).

Aquí lo determinante es que para la resolución custodiada de la crisis venezolana, se ha abierto una ventana de oportunidad en la cual todos confluyen según sus conveniencias, y esta amplia “concesión” sin lugar a duda, viene de la constatación ya confirmada una y mil veces de nuestra incapacidad y cobardía para procurarnos una salida del peligroso callejón histórico en el cual quedamos trabados.

Aquí nosotros, ya no pintamos nada.

Llegado a este punto, discutir sobre un referendo revocatorio que solo serviría si se puede lograr este año, algo que solo podría darse si la oposición oficialista lograra imponérselo al régimen, ya no tiene mucho sentido, si es que alguna vez tuvo sentido.

EL PACTO DE GUISOFIJO

También discutir si aquí vamos a un diálogo que no podría resultar en otra cosa que una exhibición para la platea, de una transición gatopardiana pactada en los palcos, que signifique ahorrarle al chavismo la eventual paliza que recibiría en un revocatorio, a cambio de tener que soportar a Maduro u otro títere emergente hasta el 2019, con el consenso de todos los poderes de tirios y troyanos, esto realmente ¿qué sentido debería tener, si fuésemos a discutirlo seriamente? ¿Sabiendo además que esa función de títeres, por los vientos que soplan, va a ser manejada y mandada desde afuera?

Un diálogo para pactar el mantenimiento del statu quo de todas las élites, del Estado rentista y su modelo de reparto, del chavismo en todas sus variedades reciclables, de la relación “privilegiada” con Cuba, un “Pacto de Guisofijo” [1] que permita a los micropartidos de la “mesa de la unidad democrática” (MUD) incorporarse de lleno al festín populista. Un diálogo para pactar, el respeto a los sacrosantos privilegios acumulados por castas y burocracias viejas y nuevas, un diálogo para cuadrar un pacto de reconciliación nacional, acordado sobre un pantanal de impunidad…

(y el que crea que en Venezuela se acabó el dinero para lubricar todo esto, no sabe ni dónde está parado)

Venezolanos, este podría ser un pacto que, tomando en cuenta nuestras flaquezas como sociedad y nuestro renovado talento histórico para la decadencia, podría ser perfectamente orquestado, dirigido e impuesto desde afuera, y no desdeñen ni por un segundo que eso es justamente, lo que sueña buena parte de nuestras élites, cuya alta vocación cipaya nunca desapareció, solo andaba de parranda.

Conciudadanos, el riesgo de ser convertidos en una especie de protectorado de una Cuba en vías de transformarse ella también en empresa privada transnacional, con tutelaje multinacional en lo externo, y de procónsules en lo interno, es real, y no puede ser descartado.

Se debe hacer toda esta reflexión y también se debe hacer un llamado a ver si alguna vez este país pudiese recuperar la habilidad de adelantarse a algún plan siniestro, aunque fuese uno solo. Sería suficiente.

Por una Venezuela libre y de los venezolanos.

[1] el “Pacto de Punto Fijo” (1958) fue un pacto de estabilidad y gobernabilidad entre los actores políticos, el cual rigió los comienzos de la democracia venezolana. La palabra “Guiso” designa en Venezuela, a cualquier negocio, componenda, soborno u acuerdo entre el poder y sus asociados (y accionistas), para la obtención de alguna posición, concesión, prebenda, beneficio o privilegio. “Pacto de Guisofijo” es un juego de palabras, que el autor aplica al futuro proceso de transición gatopardiana, que se gestará en los próximos años. 

@FBoccanera

lunes, 6 de junio de 2016

La Amenaza Castrista: de Venezuela para el mundo


Por Aura Marina Palermo y Federico Boccanera

“El socialismo totalitario no desapareció en 1991 con el colapso de la Unión Soviética, todo lo contrario, ha mutado…".

César Vidal

LA CAÍDA DE LA CASA VENEZUELA

La creciente agitación política, económica y social de Venezuela exige para su debido análisis, el reconocer que la posibilidad de comprender este contexto de extrema incertidumbre ya no depende exclusivamente de la aparente claridad de los hechos, ni de la cantidad de información que se reciba por medios periodísticos o ciudadanos, sino que depende, hoy más que nunca, de nuestra capacidad para integrar nuevas experiencias y crear nuevas perspectivas.

Cualquier persona que interprete el chavismo sólo como un movimiento político demuestra no saber casi nada sobre él. En este caso lo que no sabemos demuestra ser mucho importante que lo que sabemos o creemos saber. A menudo, lo racional es lo irrelevante, y nos distrae de entender que, en lo aparentemente irracional subyacen los verdaderos elementos determinantes que impactan la realidad.

Necesitamos con urgencia identificar y denunciar que lo que está pasando en medio del caos busca no solo materializar sino consolidar, el denominado "punto de no retorno" del comunismo castrista en Venezuela, y su expansión hacia latinoamérica y España mediante el plan denominado "Plan Nacional Simón Bolívar", ejecutado primero de la mano de Hugo Chávez Frías, en su rol de “mesías”, y luego por Nicolás Maduro en su rol de apóstol.

Contrario a lo que muchos piensan, aquí y en el exterior, lo que le ha pasado a Venezuela no es el resultado de políticas fracasadas de malos gobiernos: ha sido la ejecutoria de unos gobiernos del mal, si, así como lo está leyendo.

De entrada se debe anunciar en rigor, que esos gobiernos del mal no obedecieron solamente al dueto de marras, de hecho, son la obra de una trilogía en la que se debe incluir a Fidel Castro, más bien debería comenzar por él: el autor original, el verbo, el padre del mesías y protector del apóstol.

Todo comenzó, o más bien terminó de empezar, con la difícil situación económica que se venía gestando en Venezuela desde la década de los ochenta, que culminó en la supuesta amenaza al statu quo por parte de Carlos Andrés Pérez en su segundo período presidencial (1989-1993) de comenzar a desmontar el petroestado rentista, eso le ofreció la tan deseada oportunidad a Fidel Castro de intervenir y actuar con una eficacia que no había podido ni siquiera soñar, en los años iniciales de su conspiración contra Venezuela, en los años sesenta y setenta.

La incursión finalmente exitosa de Fidel Castro en el terreno político nacional se comenzó a visibilizar con su recibimiento entusiasta por parte de la intelectualidad y los medios, en la cumbre inaugural del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez en febrero de 1989, la cual precede en apenas 25 días al estallido social nacional del “Caracazo”, del cual mucho se duda acerca de su espontaneidad, al menos en su fase de desarrollo inicial.

El previsor Fidel Castro de 1989, ya había sido advertido por la mismísima Perestroika de que la isla “debería defenderse sola” (1986), es el Fidel que en medio de la festividad intelectual con la que es saludado y recibido, inicia la fase mediática, expuesta, de su intervención en Venezuela, y hablamos de “fase mediática” porque la investigación histórica da cuenta de que venía preparando y entrenando sus cuadros civiles y militares en el país desde mucho tiempo atrás, casi desde el mismo inicio de la democracia civil (1958), la cual coincide casi que exactamente en tiempos, con la revolución cubana (1959).

Luego de aquella oportuna incursión triunfante de Fidel por tierra venezolana, a los pocos días estallaría el Caracazo y pocos meses después vendría la caída del muro de Berlín, y al año siguiente, en 1990, da inicio la disolución de la Unión Soviética, la cual obligaría a Cuba a entrar en el “período especial”: sin duda alguna la peor crisis jamás vivida por el régimen castrista.

Y en 1992 se intentan dos golpes militares, y aparece Chávez.

Y en 1993 se logra por fin derrocar a Carlos Andrés Pérez.

Y en 1994, Chávez es sobreseído de su juicio militar en marzo y en diciembre aparece en La Habana.

Mientras tanto en el mundo, se festejaba la derrota del comunismo y se anunciaba el “fin de la historia” …

LA INVITACIÓN ES A NO SUBESTIMAR NADA, NI AYER, NI HOY, NI NUNCA.

El éxito electoral del Chavismo-Castrismo se logró gracias a las élites que apoyaron y fortalecieron el nacimiento del "Fenómeno Chávez" en todas las clases sociales. Chávez contó con el apoyo y financiamiento de importantes grupos y personalidades de la industria, las finanzas, los medios y la academia. Nunca en la historia electoral venezolana candidato alguno había podido disponer de tantos recursos, y de un apoyo intelectual, mediático y económico de tal magnitud.

Han pasado 17 años y ese imperdonable error inicial de subestimación del personaje, y de lo que él representaba como líder mesiánico de un proyecto de conquista, dominación y secuestro totalitario de la sociedad venezolana, es algo que está lejos de experimentar algún tipo de rectificación, pues ese error, en todo sentido, se sigue cometiendo en forma ya trágica, como si fuese la expresión de una fatalidad inexorable.

Lo que no se sospecha y se sigue sin sospechar, es de la existencia de un diseño preciso que ha guiado y ordenado todo lo que han sido estos años de chavismo, diseño de matriz castrista contenido en el “Proyecto Nacional Simón Bolívar” ya mencionado, y que no ha dejado de ejecutarse nunca, ni siquiera en medio de la “crisis provocada” de 2002 y con la desaparición física de Chávez. Plan integral, exhaustivo, que encuentra en una crisis inducida por años contra toda una nación, su herramienta de mayor eficacia para avanzar y consolidarse, sin haber encontrado hasta ahora una verdadera oposición deseosa de comprenderlo, enfrentarlo y detenerlo.

UNA IMPROVISACIÓN PLANIFICADA AL DETALLE

El Proyecto Nacional Simón Bolívar no es un simple plan de gobierno para un período presidencial, es la planificación a veinte años de cómo transformar al país con reservas de petróleo entre las mayores del mundo, en un estado totalitario Castrocomunista, el cual inicia su camino con la constituyente de 1999, en donde se diseña desde Cuba un instrumento de transición gradual para regir toda una etapa de revolución pasiva al comunismo. De allí que cada vez que uno observa a los "líderes opositores” aferrarse a la constitución bolivariana, se debe soportar la grima de ver con qué gusto se entregan a consagrar la primera muestra triunfante de la conquista chavista del poder, pues la primera trampa caza bobos de la revolución fue y sigue siendo, la Constitución del 99.

De allí en adelante, se ha ido avanzando sin prisa pero sin pausa mediante leyes habilitantes y un sin fin de reformas jurídicas, promulgadas casi siempre en medio de situaciones críticas creadas al efecto, culpando y acusando de paso al viejo modelo y sus actores. Con la aplicación de este infalible método de conquista, se ha logrado imponer el proyecto (el proceso) sin experimentar resbalón alguno, salvo el “accidental” de 2002, y se ha ido acorralando cada vez más al país incluyendo esas élites y sus estamentos culturales, económicos y políticos, que han debido ser el grupo que opusiese la mayor resistencia.

La inmensa mayoría de analistas y opinion leaders del statu quo, que han etiquetado en forma displicente al régimen como la "maquinita de imprimir gacetas (oficiales)" llenas de medidas "absurdas e improvisadas", jamás se tomaron la molestia de armar un rompecabezas cuya estructura le ha permitido la destrucción paulatina de la base económica del país, de la producción y el mercado, para avanzar hacia una estatización esencialmente comunista, en donde por un lado se preserva el reparto mercantilista que permite ese “capitalismo para los amigos" que sólo crea riqueza para una minoría selecta, y por el otro y para abastecer en lo básico a esa mayoría de la población condenada a la necesaria pobreza y miseria, se ha ido creando un circuito de importación y distribución de subsistencia/asistencia, por vía de una extensa red de mercados, abastos y misiones estatales, que ahora en estos días ha saltado a la palestra informativa con la creación de los “Comités Locales de Abastecimiento y Producción” (CLAP), supuesta medida de respuesta ante la “guerra económica”, a la cual seguirá la tarjeta de "abastecimiento seguro" de próxima aparición, y todas las misiones y grandes misiones del futuro “Estado Comunal/Estado de Misiones”.

El cambio en el rol del Estado que se viene gestando desde 1999, tiene como objetivo el lograr que el proceso acumulativo se oriente en medio de un caos controlado hasta lograr la "ruptura histórica", para así poder dar el "salto adelante" en un momento determinado a la "revolución socialista”, la cual implicará la colectivización de la producción social, de la propiedad y de la sociedad, que se fundirán en el futuro Estado Comunal.

Es ya un hecho público y notorio desde hace un buen tiempo que esta “caotización” va siempre de la mano de otros anuncios que parecieran aumentar la falsa entropía del falso desorden del régimen, cuando en realidad es lo contrario, y así en apariencia lo son los “conglomerados productivos”, las empresas de producción social, el plan de siembra urbana, el “plan 50”, los “9 motores de desarrollo económico”, la producción comunal, el reconocimiento dactilar en comercios privados y públicos, el “casa por casa”, y ahora los CLAP: todos episodios que son reiteradamente tomados a burla por los forjadores de opinión pública, cuando lo que en realidad está en desarrollo es la construcción paulatina e imparable de la estructura operativa de lo que ellos prevén como la era “post capitalista”.

Paradójicamente quienes se burlan y reducen todo análisis y explicación de este estado de cosas a la consabida rebatiña de una confederación de ladrones, corruptos e ineptos de primera categoría (cuya existencia desde luego no puede negarse), pertenecen al mismo estamento que se encuentra íntimamente relacionado con esos empresarios que, en vez de pedir y luchar por el fin de los controles y la injerencia del Estado chavista en la economía, se han reducido ellos también a volverse tan sumisamente dependientes de ese Estado y tan pedigüeños como la población sometida. Son los que piden que se les “afloje un poco la soga al cuello” y con su ofrecimiento colaboracionista terminan por facilitar su avance.

Son quienes pretenden a su vez financiar a medios, periodistas, encuestadores, analistas, políticos y partidos pseudo opositores, para que la forja de la opinión pública siempre apunte en la dirección errada: no hay dictadura sino “democracia deficitaria”, no hay régimen sino “mal gobierno”, no hay planes totalitarios ni comunistas, sino corrupción e ineptitud, en fin, fíjense que para este conjunto social, cosa curiosa, la libertad nunca es una prioridad en su discurso -ni siquiera aparece en las consignas- y para ello hay una explicación: y es que ellos saben que en una verdadera democracia con verdadera economía de mercado desaparecerían tan arrasados como los propios chavistas.

Frente a esto, se hace muy cuesta arriba exponer y denunciar que todo lo siniestro, lo irracional, lo impensable, es posible, cuando nos enfrentamos a un poder que pretende consolidarse AL COSTO QUE SEA y al que no le importa ni la falta de comida, ni la muerte de seres humanos por escasez de medicinas, ni el hampa desbordada, ni la ruina económica… En otras palabras, la destrucción del país.

Para ello, una vez más insistimos en que el caos -y el conflicto- son indispensables para el régimen y por eso deben fomentarlos, de la misma forma como el mal capitaliza su fuerza realimentándose de las miserias del ser humano, reduciéndolo a solo ocuparse de sus necesidades básicas para sobrevivir, en unos casos, y haciéndolo esclavo de la codicia y los resentimientos, en otros casos.

Esto permite distraer al colectivo -al final a toda la sociedad- y avanzar en la construcción del “socialismo del siglo XXI”, es decir el comunismo, mediante la aplicación de una estrategia llamada de "injerto socialista" que determina una etapa en donde conviven el capitalismo -especialmente en su variante mercantilista- con el socialismo, mientras se construye y avanza con un nuevo marco jurídico y se generan las condiciones objetivas y subjetivas de crisis orgánica, tendientes a provocar la "ruptura histórica" y así dar el siguiente paso a la fase superior: el Estado comunal.

LA MENTE MAESTRA DEL MAL

Si siempre fue y sigue siendo un terrible error histórico subestimar primero a Chávez y ahora a Maduro, peor aún lo es el de subestimar a las mentes siniestras de los hermanos Castro, en especial la de Fidel, que tiene décadas preparando la expansión de sus tentáculos a latinoamérica desde la base estratégica que para ellos siempre ha estado representada en Venezuela.

Esto que debería ser argumento desgastado por el uso, toca repetirlo, volverlo a proponer y volverlo a machacar como si un impedimento cultural impidiese su asimilación definitiva por parte no solo de la gente común, sino de la intelectualidad, la dirigencia y los liderazgos supuestamente llamados a orientar y dirigir su destino.

En 1993 el bloque histórico constituido a partir de la degeneración rentista se rebelaría contra Carlos Andrés Pérez, para así superar la amenaza inadmisible de un Estado despojándose de (parte de) sus poderes, descentralizando la democracia y superando su devenir estatista e intervencionista hacia la economía de mercado (en realidad esta amenaza fue exagerada a propósito por muchos intereses distintos, incluso de signo político opuesto, pero esa es otra historia).

En 1994, ese mismo bloque histórico coloca a Chávez en posición anotadora para hacerse con el poder, creyéndolo maleable y manejable a gusto y conveniencia, y en realidad si lo era, sólo que alguien se les adelantó en el modelado de la figura: Fidel Castro, el incuestionable ídolo de muchas élites venezolanas, latinoamericanas y europeas, ayer, ahora y siempre.

En 1998 llegan al poder, y lo que ocurre es un mero cambio de régimen, el Estado seguirá intacto, el régimen consensual pasa de partitocracia bipolar a uno de partido hegemónico con “cinturón de asteroides”, de su ámbito civil pasa a uno que es militar y civil por igual, con características peculiares: autoritarismo creciente con proliferación de partidos. De hecho, la repartición se amplifica y se diversifica, contrario a los que muchos creen.

Hoy, ese mismo bloque histórico, expandido por la proliferación de la nueva “boliburguesía”, amenaza con ser a su vez superado por un quiebre que nos llevará a un comunismo de conveniente doble modelo, con Estado comunal para el pueblo y clases medias precarizadas, y rentismo/mercantilismo/capitalismo confinado a determinadas zonas especiales, abiertas a la inversión internacional y de burguesías nacionales, militares y civiles, debidamente conformadas desde el poder, siguiendo un modelo semejante al chino que Cuba también transitará junto a Venezuela, en oportuno paralelismo de metrópolis/colonia, y bajo aprobación continental, “imperial” y vaticana.

Y esto podría ocurrir, bien sea mediante ruptura histórica, o por intermedio de un período transicional de régimen consensual, disfraz de democracia, dialogado y pactado de mutua conveniencia entre estamentos de poder locales y “geopolíticos” (EE.UU./Cuba/UNASUR/España/Vaticano/Rusia/China/Irán).

(EE.UU. lo aprobará tanto con la “liberal” Clinton como con el populista Trump, no se ilusionen)

“Todo sea por el diálogo y la paz”.

Luego vendrá Colombia, ya bajo asedio sofocante. Y si se descuidan, también España.

Pero nadie debería sentirse a salvo en el fondo, porque el desprestigio casi universal de las clases gobernantes y sus élites asociadas, podría crear puntos vulnerables a la infección progresista/socialista/autoritaria casi que en cualquier parte, usando para abrirse paso ese populismo demagógico que parece estar viviendo una nueva primavera, incluso en el primer mundo, populismo que por ser la patología política oportunista por excelencia, resulta ser también el instrumento de arado más eficaz para preparar el campo a la siembra del mal.

LO QUE TOCA

Toca antes que nada adquirir plena consciencia de la amenaza del castrismo y su vigencia plena, incluso en vías de reforzarse y expandirse.

Toca identificar esta amenaza en forma inequívoca, sin eufemismos ni expedientes lingüísticos de corrección política. Hay que rescatar y reconstruir el lenguaje para poder volver a llamar a las cosas por su nombre. La amenaza es contra la Libertad y la Democracia en América, y desde hace casi un siglo, esa amenaza ha sido y seguirá siendo el comunismo, cuya punta de lanza excelsa es el castrismo, el cual ahora podría contar con un aliado estratégico en el populismo de primer mundo (y también en cierto “populismo ecuménico” que el Vaticano pareciera estar abrazando).

Toca denunciar esta amenaza y explicarla, y exponer a sus encubridores, incluso a los encubridores inconscientes. A estas alturas hasta los beneficios de la duda han de considerarse pecados de ingenuidad, de omisión, o más directamente de colaboración.

Toca trabajar para orientar y construir alternativas. Solo con nuevas organizaciones, civiles y políticas, con nuevos equipos formadores de doctrina, opinión y liderazgo, se podrá enfrentar el expansionismo castrista y sus extensos estamentos colaboradores, enquistados en las élites de muchos países latinoamericanos, comenzando por la misma España.

Si no lo hacemos corremos el peligro de perder toda soberanía y por lo tanto la capacidad de autodeterminarnos, tal como trágicamente le ha estado pasando a Venezuela.



Aura Marina Palermo, es analista de entorno y de evaluación de riesgo, especializada en el contexto político, social y económico de Latinoamérica.

En twitter es: @APIntegra