sábado, 10 de octubre de 2015

EL COMIENZO DEL MAL (Parte 1)


EL MAL NO COMENZÓ CON CHÁVEZ

Con este artículo, se da inicio a una pequeña serie que se propone describir de la forma más simple y corta posible, cuando comenzó en Venezuela el mal que nos aqueja, atenaza y asfixia como nación.

El mal no comenzó con Hugo Chávez, no lleva 16 años con nosotros: el mal lleva más tiempo y comenzó antes, y con estos artículos se expondrá una versión la cual, desde luego, no es ni pretende ser original.

Chávez no revolucionó nada: en un plano político básico, sólo representó un cambio de régimen, un régimen que acaba con la república y la democracia venezolana, pero el Estado petrolero, el petroestado rentista venezolano ese lo dejó intacto, y más bien lo reforzó en sus características más negativas, más negativas para la nación venezolana y más positivas para reforzar y retener su poder. Gracias a Chávez estamos sufriendo ni más ni menos, una reincidencia de la dominación colonial en nuestra historia, por lo tanto su “legado” es lo más contrario a una revolución que uno pueda imaginarse.

EL MAL NO COMENZÓ CON ESPAÑA

Quisiera antes que nada excluir de entrada toda tentación de ubicar históricamente en nuestra primera dominación colonial, el comienzo del mal. Que a nosotros nos conquistara España, o Inglaterra, o cualquier otra potencia imperial, no es algo que nos determina hasta el día de hoy, ni mucho menos implica algo decisivo en el hecho de que ahora cayéramos otra vez en situación colonial, esta vez ante una nación mucho más pobre y débil que la nuestra, una islita estancada y herrumbrosa, subyugada por un par de viejitos. [1]

Con ello no pretendo negar nada en cuanto a la posibilidad de discutir la influencia del imperio español sobre Venezuela, sólo deseo colocarla en su justa dimensión, porque a pesar de todo, habíamos comenzado a transitar, y con éxito, un camino que nos apartaba de muchos determinismos históricos o antropológicos, donde se puede afirmar tajantemente que todo “sino” lo estábamos superando, y con brillantez, en un determinado y preciso momento que más adelante precisaré.

De España heredamos mucho de lo que seríamos como sociedad, de lo que sería nuestra idiosincrasia. Sin duda sigue habiendo mucho de español, en lo bueno y en lo malo, en esa venezolanidad que algunos erradamente creen original y característica, única e inimitable. Pero este no es el punto.

EL PUNTO ESENCIAL, LA PROPIEDAD DEL SUBSUELO

De la colonia, del imperialismo español, heredamos si algo muy concreto, algo que se revelaría como una condición sine qua non para el desarrollo del futuro mal, algo que fue crucial para la definición del nuevo tipo de Estado que se levantaría una vez superadas las turbulencias del siglo XIX, y ese punto importante es nada más y nada menos, que la propiedad del subsuelo por parte de la corona (de la república en nuestro caso).

Sin la propiedad del subsuelo por parte de la república, jamás hubiésemos tenido el rentismo petrolero, o sea el origen del mal, y menos que menos en la virulenta modalidad que se desarrolló a raíz de la irrupción del oro negro en nuestra historia, precisamente en el momento más propicio para que hiciese el mayor efecto posible sobre nuestro destino: durante el gomecismo [2].

Advertencia antes de proseguir: el petróleo, un recurso natural, de ninguna manera puede asociarse con el mal, eso es algo ridículo y todo lo contrario, fue una bendición, el mal reside en cómo se configuró el Estado en torno a él hasta convertirse en su único beneficiario a expensas de la nación, de la sociedad, de los supuestos “dueños” a fin de cuentas.

Otra advertencia: el rentismo siempre existió de una forma u otra y efectivamente es una de las herencias “administrativas” del modo de explotación colonial. Pero una vez más, el hecho no es tanto un modo u otro que heredamos, sino su confluencia con otros elementos como la aparición del petróleo en modalidad “superabundante” y con un Juan Vicente Gómez en rol de “pacificador”, factores que considero no atribuibles a la influencia específica del imperialismo español.

EL PRIMER COMIENZO DEL MAL, GÓMEZ y EL PETRÓLEO

El primer momento fundamental se da cuando superado el siglo de guerra de independencia, guerra civil y montoneras varias que tuvimos desde 1810, y a partir de la llegada de Juan Vicente Gómez al poder, un país agotado y pobrísimo, azotado por toda clase de desventuras tanto sociales como naturales, de todos modos comienza a emprender con muchísima lentitud cierto rumbo de desarrollo modesto pero sostenido que se puede apreciar en el aparato del Estado, tanto en lo institucional como en lo administrativo, como también en el plano social, productivo y de infraestructura.

Es cierto que lejos estábamos aún de la explosión desarrollista que se viviría a partir de los años cincuenta, pero no podemos eludir, por ejemplo, que la insurgencia de la generación del 28, y de la generación del 36 también, fueron el resultado incuestionable de un avance importante ocurrido en las posibilidades de acceso a la educación para ciertos estratos de la población, y eso que al gomecismo se le achaca y con base, que la instrucción pública fue uno de los sectores con el desempeño más carente.

Sólo para ilustrar mejor el ejemplo mencionado, Rómulo Betancourt inicia su educación primaria en 1914 a los seis años, en su Guatire natal, en 1920 entra al bachillerato en el Liceo Andrés Bello de Caracas, y allí tiene como profesores a personajes como Fernando Paz Castillo, Caracciolo Parra León, José Antonio Ramos Sucre y al mismísimo Rómulo Gallegos, y en 1927 ingresa a la facultad de derecho de la Universidad Central: todos estos hitos en el ascenso educativo de Betancourt ocurren con Gómez en el poder.

De hecho se podría afirmar que uno de los resultados más notables de esta primera etapa histórica de paz republicana, consiste en el surgimiento de una verdadera clase media, no sólo sana, bien nutrida e instruida, sino actuando ya en el plano político y al poco tiempo constituyéndose en una nueva élite, con visión y ambición real de poder (y esto aplica tanto al ámbito civil como militar, como luego se demostrará con el golpe cívico-militar de 1945).

Al mismo tiempo, durante este primer período de paz nacional se constituye el otro hecho que marcará la vida del país en los años por venir y todavía lo determina en su devenir histórico, que es la transformación del, hasta entonces modesto Estado venezolano, precariamente dependiente de un país rural/agropecuario apenas destacable por encima de la subsistencia, en un petroestado rentista cada vez más próspero, poderoso y ambicioso. Y el proceso ocurre a velocidad espeluznante para un país que estuvo casi postrado durante un siglo, de hecho, desde que el petróleo aparece por primera vez como rubro de exportación en 1918, hasta convertirse el país en el primer exportador mundial en 1929 ¡apenas transcurren 11 años!

Sin embargo son muchas ya las señales de que, si bien ese auge permite avances materiales y tangibles para el país, incluyendo la cancelación de la totalidad de la deuda externa para 1930, las bases de la economía venezolana han comenzado a distorsionarse en forma preocupante, y ya para el año 1936, 20 meses después de la muerte de Gómez, aparece el legendario artículo de Arturo Uslar Pietri sobre “Sembrar el petróleo” en donde la denuncia ya es angustiosa, ya es de alarma, por un país en auge sí pero en auge malsano, de riqueza hueca sin reinversión, diversificación ni industriosidad, que deriva peligrosamente hacía una dependencia cada vez mayor de la sola renta petrolera.

Es por lo tanto el país que sale del gomecismo, un país que ha comenzado a cambiar en lo social, en sus aspiraciones e ideales, un país que al fin se atreve a pensar en un futuro distinto y mejor, y el Estado también sale cambiado, con una vertebración consistente. Por primera vez ha podido organizarse y mostrar que puede funcionar en una nueva situación: la paz, y algunos ya desean que ocurra otra novedad: la democracia, y el Estado ha cambiado tanto que no la niega, sólo pide tiempo (“calma y cordura”).

Porque el Estado ha cambiado también en el sentido de que su poder por primera vez no deriva de su capacidad para la guerra y la posesión de la conquista, sino en su capacidad de mantener y administrar el orden, visto el orden como la condición indispensable para el progreso material, lo opuesto al “bochinche” del siglo XIX. Pronto el petróleo enseñará que el botín “en sana paz” es mucho más atractivo que el botín militar. El petróleo asegurará la paz de Venezuela también de otro modo, al hacer posible la promesa de un reparto para todos sin conflicto social, sin tener que quitarle nada a nadie.

El primer tramo del petroestado rentista concluye con Gómez y a la muerte de este, un país irreconocible para bien y para mal, ha embocado la senda del desarrollo, pero al mismo tiempo el gran impulsor de ese crecimiento, el petróleo, puede también deformarlo, de hecho y en cierta forma ya lo hizo, pero no se nota con la debida claridad porque las formas relucientes de la modernidad son máscaras harto seductoras, la distracción es inevitable.

EL SEGUNDO COMIENZO: PÉREZ JIMÉNEZ

De hecho el primer ensayo democrático que concluye con el golpe militarista a Rómulo Gallegos en 1948 sucumbe sin alguna belicidad, mediante el golpe más incruento que se pueda imaginar, sin duda, hay dolientes, pero en la sociedad cierta seducción por un automatismo que asocia orden con paz y prosperidad, en apariencia se impone sobre cualquier otro ideal, y el período perezjimenista exasperará esa visión onírica. Con el tiempo se sabrá que la libertad si había prendido, y que los 10 años hasta 1958 serían de incubación: el “trienio adeco” había dejado una crisálida...

Los cantos de sirena anidarán en las ciudades, y a ellas se dirigirán cada vez más las masas con atracción irresistible, es la transformación de la Venezuela rural en una Venezuela urbana, esa mutación del hábitat implica también la del habitante, y ocurre por obra de una materialización imponente, a ratos monumental, y el proceso luce indetenible, radiante, glorioso, es tan así, que obnubila a todos y nadie podrá negarlo, ni siquiera sus más enconados adversarios, cuando vuelvan al poder.

El segundo tramo del petroestado rentista concluye con Marcos Pérez Jiménez en 1958, de hecho, se podría afirmar que con este tramo concluye el post-gomecismo y se cierra todo el ciclo liberal-positivista dominado por los andinos. Con la implantación finalmente plural de la democracia al año siguiente, se abre todo un nuevo ciclo cuyo reto inicial será el de sobrevivir a concretas amenazas políticas y geopolíticas, internas y externas, asegurando la incipiente democracia.

Pero el reto social, el reto a largo plazo, es más difícil, complejo y ambicioso: mantener la movilidad social, la inclusión, proponer el verdadero pacto social y convertir al sistema democrático en hegemónico, superando todos los atavismos históricos que impedían asociar libertad con orden, con paz, con armonía social, con ascenso al bienestar.

EL TRIUNFO TEMPORAL SOBRE EL MAL

En 1959, el reto de convertir al Estado petrolero en un Estado realmente productivo de economía diversificada seguía vigente, y Rómulo Betancourt, el primer presidente del nuevo ciclo, el autor de “Venezuela, Política y Petróleo”, estaba perfectamente consciente del poder especial que el petróleo debía seguir otorgando al Estado, y al mismo tiempo, sabe que la prioridad también debe ser “enriquecer a la sociedad”, por lo tanto, supo siempre que el reto consistía en un balance, balance tan delicado como de cuerda floja, en donde se debía “repartir” y “sembrar” a la vez, evitando que al negar o regar el reparto, no hubiese sequía ni inundación en el sembradío.

La historia demuestra con hechos y cifras, que supo afrontar ese reto y conjugarlo con sabiduría, coraje y probidad, con el otro de la defensa y estabilización del sistema democrático, y que sus inmediatos sucesores Raúl Leoni y Rafael Caldera también supieron hacerlo, con las inevitables diferencias que sus prominentes personalidades y visiones del país, pudieron establecer.

Con todas las críticas que se puedan hacer, existe cierto consenso entre los estudiosos de la política y la historia acerca de los tres primeros períodos presidenciales de la democracia relanzada en 1959, consenso que en buena medida señala gobiernos que cumplieron, cada cual con sus modos y matices, con gran parte de los objetivos tanto políticos como sociales como económicos que se impusieron, y las cifras lo prueban: estamos hablando de un país relativamente en paz y estabilizado, a pesar de la ofensiva castrocomunista, de un país con indicadores sanos, crecimiento sostenido, inflación ínfima o inexistente, una moneda envidiable en cuanto a su fortaleza, y en donde, sin llegar al deslumbre perezjimenista, se siguen ejecutando grandes obras públicas, de calidad y envergadura, y muchas otras que aunque no tan espectaculares, son igual de importantes y trascendentes, y esto también se puede probar.

La corrupción administrativa es mínima y a niveles hilarantes según los "estándares actuales". Sigue habiendo ascenso e inclusión social (ya íbamos por la sexta década consecutiva) y la democracia, aun teniendo que recurrir a pactos de gobernabilidad y de consenso, muestra solidez y vigor institucional, y un higiénico antagonismo entre partidos, a pesar de los inevitables sobresaltos por parte de la izquierda que opta por la lucha armada, la cual será derrotada tanto en el plano militar como político, para luego ser pacificada y absorbida institucionalmente por el sistema. Sin duda, persiste el subdesarrollo y la pobreza, y hay problemas en servicios y asistencia social que nadie oculta ni minimiza en el discurso, pero el país sigue progresando, y nadie, absolutamente nadie, puede negar eso.

Por cierto, los militares, cuando no estaban combatiendo a la guerrilla, “estaban en sus cuarteles” (o sea, en sus funciones constitucionales).

El mal del rentismo petrolero, que discretamente pero con gran fuerza dominaría la lógica y dinámica inercial del poder gomecista y post-gomecista, parece haber sido finalmente controlado, sin duda sigue allí, intacto en su potencial destructivo, pero permanece agazapado, obediente, se podría decir que ha sido domado, y la sabiduría de gobernantes y gobernados finalmente ha logrado unir la libertad con el orden, la paz y la prosperidad: todo parece presagiar un futuro brillante, de primer mundo.

Pero poco antes de que termine el período presidencial de Rafael Caldera, un hecho tan inesperado e incontrolable como la aparición misma del petróleo en la historia venezolana, daría al traste con este período luminoso, de democracia sobria y virtuosa.

Será el comienzo del mal.





miércoles, 30 de septiembre de 2015

LA “PAX COLOMBIANA”: EL TRIUNFO DE LA FATALIDAD


Para los que vivimos en Venezuela el ascenso del chavismo con aprobación elitesca y popular, debería ser fácil visualizar lo que se le viene encima a Colombia.

Con el Pacto Castro/FARC/Santos queda abierta la “vía democrática” a la destrucción de Colombia, con financiamiento del narcotráfico.

La vía democrática a la destrucción de Venezuela fue financiada por el petróleo, la de Colombia será por el narcotráfico: será igual de imparable.

La vía democrática a la destrucción de Venezuela fue pacífica (pero armada) y va hacia la violencia, la de Colombia viene de la violencia y ahora será pacífica (cultural).

La modalidad "pacífica" que se adoptará en Colombia para el ascenso de las FARC al poder, la hará plenamente digerible para los EE.UU.

La hegemonía cultural Élites/FARC en Colombia será lograda por medios, academia, intelectuales, empresarios: ese bloque aquí funcionó admirablemente.

Aquí a los golpistas del 92 los llamaron “rebaño de ángeles”, ya veremos que nombres gloriosos acompañaran la conquista del poder colombiano...

Al final, las fuerzas de la destrucción logran imponerse, al conquistar primero a las élites, las cuales hacen todo el “trabajo limpio”.

Al pueblo se le compra, es verdad ¡y a las élites también! ambos son fáciles de adquirir, algo que pasó y aún pasa en Venezuela, y pasará en Colombia.

La clase media es "la difícil" y siempre queda atrapada entre pueblo y élites, cuando renuncia a formar sociedad civil y participar en política.

La clase media, de la cual históricamente surgió la democracia en Venezuela, degeneró a clase votante, sin saber que a la democracia la convirtieron en cuento.

La clase media colombiana es la última esperanza de ese país, para que no les pase lo de Venezuela, donde quedó reducida a mera clase votante.

¡No vale, eso no pasará! ¡La sociedad colombiana es distinta! ¡Es culta!
(La sociedad argentina siempre ha sido (muy) culta...)
(La sociedad chilena también lo era y con tradición institucional)

Y una vez más las élites, no sabrán anticipar lo que viene, o sabiéndolo contribuirán al ascenso del mal, creyendo poder cabalgarlo...

El autoengaño es asunto de la gente culta, pues el inculto no se engaña, vive engañado por todo (y por todos): no puede erigir subterfugios de evasión.

El autoengaño es siempre asunto de “cultos”, acaso porque eso de la cultura, a menudo es el peor engaño, y sin duda, el más patético.

Nunca encontré que la cultura sea blindaje contra el autoengaño, contra el engaño ingenuo sí, pero contra el autoengaño, es tan inútil como todo...

lunes, 14 de septiembre de 2015

EL PASADO ES HOY: Sobre Repúblicas, Políticas y AD



(Artículo publicado originalmente el 13 de septiembre de 2014, en ocasión del 73° aniversario de Acción Democrática)

Dos días después de haber sido derrotado en las presidenciales del 2012, nuestro ex candidato (Henrique Capriles) proclamó que él representaba “un nuevo liderazgo” y que él (sólo él y no Chávez) había derrotado a la “vieja política...”

Aparentemente, la declaración de nuestro ex candidato obedeció, no solo a su patética incultura, sino a un deseo de hacerle entender al mismísimo Chávez, que él era algo distinto al pasado, un liderazgo “que no se decretó” sino que “se construyó”, a diferencia desde luego de “la antigua manera de hacer política…”

Aclaremos de una vez que nadie desea un regreso al pasado, sobre todo porque lo que estamos viviendo es el más brutal retorno al pasado, a nuestras peores propensiones y atavismos, y que también la caída de la “república anterior”, aquella que mientan la cuarta, esa caída también debería quedar relegada al pasado, pero adquiriendo en el proceso, plena conciencia de lo que pasó, sin falsedades ni manipulaciones.

Al pasado hay que superarlo pero no por la vía mitológica, esa a la que el poder siempre propende porque interesadamente, nunca desea que aprendamos: una vía siniestra que no sólo perpetua la conveniente minusvalía de la ignorancia, sino que para mayor desgracia, deja la puerta abierta a retornos siempre nefastos, como el que precisamente estamos padeciendo.

A la historia hay que hacerle su funeral como se debe, colocando sus despojos en una urna lo más transparente posible, condenando sus horrores pero también reconociendo todos sus honores, sobre todo para evitar que la inconclusión, deje fantasmas merodeando en la conciencia colectiva, espectros que al quedar sueltos, tienden a reencarnar en paladines carismáticos, ductores esclarecidos, caudillos insustituibles, almas y corazones de la patria, en una palabra: Azotes.

Se tiende a olvidar que el pasado anterior a esta adversidad que vivimos, la nunca bien ponderada “cuarta república”, fue gobierno exclusivo de civiles, y el único periodo histórico estable y prolongado, en donde la nación estuvo gobernada por ciudadanos de esa condición, de paso, gente en su gran e inmensa mayoría de extracción popular, que actuó con convicción profunda y demostradamente demócrata, suicidamente demócrata, hasta el punto que los insurrectos de la vía violenta castrocomunista, luego de derrotados, fueron generosamente insertados en el sistema, de hecho, se afirma que muchos de ellos, se convirtieron en ejemplos vivientes de impecable ejecutoria democrática e institucional, aunque la historia ahora nos demuestre, que en la mayoría de los casos, se trataba de un talante democrático en modo histriónico.

Y a propósito de instituciones, en aquella “cuarta república” que tanto se desea mostrar como etapa ya superada, había organismos como por ejemplo, el Consejo Supremo Electoral, el CNE de aquellos “cuarenta funestos años”, el cual permitió que la oposición se alzara con la presidencia, en seis de las nueve elecciones que se celebraron (1968, 1973, 1978, 1983, 1993 y 1998)

Fueron civiles que, desde luego, pasaron por su aprendizaje: un proceso que comienza en 1928, prosigue en 1936, culmina en 1945, decae en 1948, y finalmente logra graduarse con honores, en 1958.

Aunque ya desde los años treinta del siglo 20, y gracias al auge petrolero y algunas conquistas importantes en sanidad, educación e infraestructura, el país había comenzado a mostrar una notable mejoría en sus índices sociales y a migrar hacia las aún incipientes ciudades. Y justo desde ese primer momento, la primera organización política merecedora de ese nombre, que se apropió del discurso de inclusión social, de movilidad social, la primera que internalizó el ascenso social como el anhelo más sentido por la mayoría de la población, fue esa reunión de audaces y audacias que luego se llamaría Acción Democrática.

Trágicamente, un orden de cosas que ha podido producir una sociedad relativamente sana y hasta de vanguardia en muchos aspectos, degeneró irremediablemente cuando el rentismo petrolero se exacerbó en los años setenta y se salió de control, y con ello el clientelismo, el paternalismo, el proteccionismo y la corrupción, que en el desmadre provocado por el aluvión de petrodólares, produjo la intoxicación que fatalmente cambiaría la calidad del discurso y de la ejecutoria de los gobernantes, la cual comenzó a transmutarse desmedidamente en populista: primero con espejismos sustituyendo a proyectos, para luego y ya avanzada la crisis, contraerse a meras promesas, que a duras penas superaban el limitado horizonte electoral.

Junto con la oclusión de la permeabilidad social que comenzó a manifestarse a finales de esa misma década de los setenta, factor clave que comenzó a erosionar seriamente el entusiasmo colectivo por la democracia y sus logros, comenzaron a brotar proyectos alternos, esos si de verdadera antipolítica, sobre todo desde factores de poder asociados a medios de comunicación, los cuales encontraron en muchos comunicadores sociales notorios -hoy todos amargamente arrepentidos- sus arietes privilegiados, para la embestida contra “el estado omnipotente”.

Y entonces a la erosión del desencanto, se fue sumando la demolición sistemática de la política y la demonización de sus actores, hasta el punto que, cuarenta años de historia venezolana, inéditos en todo sentido, pero sobre todo en el sentido del avance político y social y del progreso material, sucumbieron ingloriosamente con muy pocos individuos dispuestos a defender el legado, y más bien mucho politiquero, y legiones de pusilánimes en todo sentido, pidiendo perdón por lo ocurrido y ¡hasta saludando con regocijo la llegada del verdugo vengador!

En aquel momento los partidos, específicamente los partidos fundadores del sistema democrático, ya habían comenzado su parábola descendente, olvidando sus orígenes, enquistados en sus feudos y cogollos, alérgicos a la renovación e inmunes a todo cuestionamiento, en otras palabras y para rematar con una frase de moda en la época: se habían colocado de espaldas al país…

Sin embargo, se debe recordar que Acción Democrática en su momento de mayor vitalidad e identificación con su propuesta programática originaria, cuando inobjetablemente era el “partido del pueblo”, fue una organización que como ninguna supo hacer el trabajo político de ubicar líderes naturales en cada comunidad, para captarlos y transformarlos primero en luchadores sociales, luego dirigentes, luego candidatos, y en todo caso, en referentes civiles hasta para sus rivales políticos más enconados.

Eso fue AD y esa virtud, que materializó en cada rincón del país con las famosas “casas del partido” que prácticamente llegaron a formar parte del paisaje venezolano, se perdería lastimosamente cuando la degeneración clientelista, transformaría la que era una institución que en su base social suscitaba convicciones y fidelidades hasta la muerte, en poco más que una mera maquinaria de movilización electoral.

Aun así, los 21 años que como partido tiene AD sin postular un candidato propio para la presidencia, en mi opinión deberían salvar a esta organización de ser clasificada como plataforma al servicio de algún proyecto personal, o como organización dedicada a la producción en serie de líderes subitáneos, por los menos ese aspecto lo considero rescatable, siempre y cuando esta situación no se prolongue más, y decaiga en parálisis, ya patológica e incluso terminal.

He debido insertar este inciso para establecer ciertos contrastes, por ejemplo, con el auge de cierta forma de hacer política dominada por el mercadeo electoral, que solo apunta a confeccionar productos para proyectos personalistas o específicos de poder, y que en su afán por pulir y acicalar figurines, termina por desvalorizar todo lo que toca, tal como sucedió con el movimiento estudiantil, al que reclutaron (diría más bien secuestraron) para mediatizarlo y hacerle perder toda autenticidad, libertad y brío.

Siempre he dicho que la mejor forma de destruir el porvenir político de una joven promesa, está en disfrazarlo de candidato sin darle la oportunidad de forjarse una trayectoria: no hay mejor manera de esterilizarlo y convertirlo en un muñeco que ya no será líder, sino la comiquita de un líder, algo así como un video clip viviente…

Ante partidos “modernos” devenidos en agencias de publicidad, con ideologías estrictamente perfiladas según conveniencia mercadotécnica, con laboratorios de manipulación en vez de secretarías, y postración supina de sus cenáculos a los dictámenes de gurúes, encuestólogos y otras plagas, bien valdría la pena reflexionar sobre cuál es la política que debería ser “derrotada”, en un país al borde no de uno sino de varios colapsos, que bien podrían llevarlo a siniestros períodos de inestabilidad, y a la indefinición más siniestra aún, de encontrarse ante esos derroteros, con una clase política fallida e incompetente, que sólo terminaría aupando con sus deficiencias, la abominación de una “terapia pendular”.

Dejando de lado la gesta independentista, y el parado eficaz que el gomecismo le dio al montonerismo, si nos vamos a nuestra historia reciente, la única ocasión creíble en la que algún líder hubiese podido anunciar a los cuatro vientos, eso de “haber derrotado la vieja política”, se presentó inmejorable en febrero de 1959, cuando en la proclamación de Rómulo Betancourt como presidente constitucional, este habría podido perfectamente anunciar que, efectivamente, la vieja política quedaba atrás, después de los aciertos y errores de 30 años de forja, después de pasar por dictaduras, caídas, persecuciones, por la clandestinidad y el destierro, y después de haber contribuido con sangre y vidas de compañeros, a la lucha que daría al traste con el último remanente histórico del providencialismo militar autoritario…

(Bueno, el que parecía ser el último…)

NOTA: Se cumplió un nuevo aniversario de Acción Democrática, otra vez con mucha pena, y cero gloria, espero que en el futuro esta fecha pueda ser de nuevo celebrada por todo lo alto, mientras tanto, este artículo seguirá reciclándose, hasta poder decir:

“el pasado fue ayer…”


jueves, 16 de julio de 2015

LAS VISITAS DEL DELIRIO



Las Visitas del Delirio
Por Federico Boccanera
16 de julio de 2015

Desde hace ya unos cuantos años, se habla en Venezuela de tiempos de decadencia, de parálisis, de indiferencia y desidia, tiempos de apatía y sumisión, de “anomia”.

Sin duda el país entró en lo que bien debería denominarse un callejón sin salida, en donde no se vislumbra aparentemente una salida distinta al hambre, el caos y por lo tanto la instauración definitiva de un régimen totalitario, desprovisto de oponentes y otros contratiempos. Incluso en estos días ha comenzado a hablarse de gravedades tales como fragmentación territorial y guerra civil, lo cual refleja el casi total desconocimiento de la sociedad venezolana.

Con respecto al régimen imperante, la pérdida del principio de unidad de mando e incluso del principio de “autoridad revolucionaria”, debe verse como la consecuencia de la desaparición del caudillo, y sobre todo de esa gran capacidad de arbitraje que tenía sobre la población, más allá de su carisma innegable ante la masa y los recursos ingentes de los que pudo disponer para repartir e “incluir” a su manera, a todos los poderes bajo su mando omnímodo.

De la cadena de mando única e incontrastada del comandante único, insustituible y “eterno”, pasamos a una “cadena civil” que ya desde su cúspide se presenta dual por la presencia malformada de dos siameses cuya principales características obedecen a carencias absolutas, de autonomía uno y de escrúpulos el otro, este hecho que de por si un presagio grave, se hace aún más ominoso si analizamos la estructura del poder chavista, sus ramificaciones extensas, y sobre todo la jerarquía militar inamovible que constituye su basamento.

Hugo Chávez a ese pueblo, al que supuestamente veneró, no ha podido tratarlo de peor forma, es más fue particularmente cruel con él, pues la inoculación de esperanza y redención no se transformó en “Patria” no, se transformó en pesadilla, y basta ver a Nicolás Maduro, solo verlo, o escuchar a Diosdado Cabello, o a cualquiera de estos “sucesores” que nos “legó” para darnos cuenta del horror de su estafa histórica. Desde luego la población es entendible que tarde en asimilar un final tan espantoso para su ilusión, pues los ritmos de extinción de la esperanza se sabe que pueden resistir al tiempo mejor que cualquier cosa.

Por otro lado, el país opuesto a Chávez tampoco se encuentra en modo alguno en mejor situación con respecto a su esperanza, más bien, se encuentra tanto o más abandonado que el pueblo chavista, al sufrir el también de la decadencia profunda de sus élites, sus dirigentes, de una clase política degenerada y encerrada en sí misma, de una ausencia de liderazgo que logre realmente trascender la reducida y desesperada dimensión rentista y electoral en la cual nos encerraron, por insuficiencia no solo individual sino generacional e histórica.

Ambos, pueblo opositor y pueblo chavista, constituyen un solo pueblo abandonado a su suerte, unido en un país que se evapora frente a ellos, unido por la desgracia de haber quedado sin alternativa, sin futuro, sin destino.

LAS VISITAS DEL DELIRIO

Este título hace tiempo lo escogí, para ponérselo a una recopilación personal que hice de unos artículos publicados por el finado Jorge Olavarría en el año 2003. El primer artículo se llama “La Fuerza de la Irracionalidad” y el segundo “Las Anomias Venezolanas”. Estos escritos nos ilustran sobre dos hechos que considero cruciales para el entendimiento del contexto histórico actual y es que: a) vivimos en un estado de anomia colectiva y b) no es la primera vez que esto nos pasa como sociedad.

En el artículo sobre “La Fuerza de la Irracionalidad”, Olavarría se centra en la caída de la segunda república en 1814 y describe como una sociedad en zozobra y al borde de la disolución, cegada por el pánico, la desesperación y el abandono de toda esperanza, toma el camino siniestro de su propia autodestrucción, sin llegar a comprender siquiera, que estuvo más bien al borde de la liberación y la redención.

En el artículo sobre “Las Anomias Venezolanas”, Jorge Olavarría en una muestra de erudición histórica realmente notable (y que me hace añorar su ausencia en forma especial) nos explica como esas anomias nos han atacado en tres ocasiones a través de la historia, siendo la última, la que “estalla” con la llegada al poder de Hugo Chávez Frías.

Explica también cómo estas anomias en cada ocasión se resolvieron con la insurgencia en la historia de ciertas y determinadas figuras, unos “reyes de la baraja” como los llamaría Francisco Herrera Luque: Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez.

Pero con el permiso de los lectores, quisiera hacer hincapié en el primer artículo, el que alude a esa irracionalidad que por lo visto puede atacar no solo a Venezuela sino a cualquier nación en ciertos momentos, sin distingo de su gloria y grandeza, pasada y presente.

Porque para este servidor, tan importante como la descripción que el autor hace de la patología suicida de aquella sociedad, lo es el relato del particular temple mostrado por Simón Bolívar en esa Caracas a punto de caer en la barbarie, relato brevísimo pero intenso y esclarecedor, de ese Bolívar post Manifiesto de Cartagena y post Decreto de Guerra a Muerte, o sea de un “Bolívar 2.0” profundamente transmutado y minuciosamente consciente de la circunstancia histórica que le toca.

En el aparte de “Las Memorias de Morán” (José Trinidad Morán) se describe primero a un Bolívar que, consciente de las limitaciones de su autoridad, renuncia (más bien se libera) de su mando civil para después ocuparse con “ejecutividad marcial” de restablecer el orden público “haciendo presente que él no era ya Jefe de la Nación, pero como General, estaba en el deber de no permitir el desorden…”

Faltaría más, a Olavarría no se le escapa el hecho y lo resalta, y desde luego, Bolívar ceñido en apariencia a un rigor institucional absolutamente impecable, es justificado en el mismo testimonio de Morán con el deber ser de esos “dos mil soldados que le quedaban al Libertador que obedecíamos y no deliberábamos pues éramos soldados y no tribunos".

Pero no nos engañemos amigos lectores, y menos sabiendo cómo fue que todo terminó: pues ese al que alude el relato, ya no es el General Bolívar obediente a una letra de la ley, un militar no deliberante y respetuoso de normas y formas, es ya el Bolívar obediente a un destino, ejecutando su destino.

El episodio concluye si se quiere gloriosamente, a pesar del momento inglorioso, y además con lo que pareciera ser de alguna forma, una clarividente admonición sobre el presente que nos toca vivir, pues "cansado el pueblo sensato y más aún los partidos de vejarse mutuamente en sus candidatos y propósitos, por un movimiento general aclamaron nuevamente para Jefe Supremo de Venezuela al Libertador, encomendándole que salvara la patria…”

De hecho, en los pasajes donde se narra lo ocurrido en la asamblea de ciudadanos y en el cabildo abierto de junio y julio de 1814, en aquella Caracas a punto de sucumbir ante las hordas de Boves, no puedo dejar de ver un paralelismo con la insensata alharaca electoralista de nuestra pobrísima clase política actual, en su disputa estéril por “espacios” de poder ante la amenaza en puertas, inminente y tangible, de desolación y muerte para la república.

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Jorge Olavarría
LA FUERZA DE LA IRRACIONALIDAD
4 de marzo de 2003

Mala, muy mala, se veía la situación de los patriotas para mediados de 1814. La espantosa derrota sufrida por Bolívar y Mariño en La Puerta el 15 de junio, había abierto el camino de Valencia y Caracas a la horda salvaje de llaneros pardos y negros que seguían a Boves y a Morales. Al concluir la batalla en una huida desordenada, los derrotados sabían que nada y nadie era capaz de detener a la feroz marejada humana de odio racial y codicia, en su empeño de llegar y ocupar Valencia y Caracas. Bolívar, andando a marcha forzada de noche y acompañado de un asistente llamado “el Turco”, fue el primero que entró en Caracas.

Su prisa, era para impedir que la noticia del desastre de La Puerta creara un desaliento capaz de producir el derrumbe de la autoridad del gobierno.

Cuando la noticia llegó, Bolívar estaba preparado para afrontar sus consecuencias. El 17 decretó la Ley Marcial, y a medida que llegaban los restos de las tropas derrotadas, organizaba con ellas tres batallones que puso al mando del teniente coronel Hermógenes Maza. Con energía y diligencia, éste impidió los pillajes que empezaron a brotar por doquier. Con esto y con la colaboración de los magistrados republicanos que se mantuvieron firmes, Bolívar logró mantener el orden y el gobierno. Sin embargo, las críticas a su persona aumentaban a medida que los derrotados llegaban a la ciudad inundándola con los macabros detalles de la espantosa derrota.

El miedo se volvió pavor cuando se supo que Boves estaba acampado en La Victoria. Para encerrar las críticas acerca de lo mal que se había hecho esto y lo otro, y encaminar las proposiciones sobre lo que se debía hacer, en un debate organizado, Bolívar reunió en los patios del Convento de San Francisco -hoy Palacio de Las Academias- una Asamblea de Ciudadanos.

Este es uno de los más curiosos y menos conocidos episodios de todo lo que sucedió en los espantosos años trece y catorce.

La Asamblea de Ciudadanos que deliberó tras la derrota de La Puerta fue la tribuna para la exposición de las más extravagantes ideas. Como se había asomado la proposición de hacer salir de la ciudad mujeres, niños y ancianos, hubo oradores que calificaron esto de cobardía y traición gritando “que todos mueran”.

Vicente Lecuna, en su estudio sobre la Guerra a Muerte, comenta que unos demagogos “alardeando heroísmo pedían el régimen de comunidad de bienes para que cada ciudadano tomase lo que necesitase donde lo encuentre”, observando de paso que esos mismos extremistas serían los aduladores de Boves un mes más tarde.

Martín Tovar Ponte, hijo del Conde de Tovar y jefe de una familia insospechablemente devota de la causa republicana, todos campeones de la Independencia desde 1810, que pagaron con sus vidas y sus fortunas su adhesión a la causa de la libertad, contaba a su esposa Rosa Galindo que en el camino de Antímano, dos niñas les fueron arrebatadas a sus padres por unos negros y violadas en su presencia. Su explicación era sencilla: “No tenemos gobierno”. “Sálvate con nuestros hijos. A mí siempre me encontrarás en el campo del honor”.

LA ACCIÓN CONTRARIA AL PROPIO INTERÉS

La irracionalidad es más frecuente de lo que se piensa. Bárbara Tuchman explica esta realidad en su libro “The March of Folly” donde examina el enigmático fenómeno del error consciente deliberado y persistente, de quienes siguen un curso de acción contrario a su propio interés. En nuestras narices tenemos el caso del suicidio del “paro cívico” de 63 días, iniciado el 2 de diciembre (de 2002, ndr).

Tuchman examina casos que se resumen en preguntas sin respuesta lógica: ¿Por qué los troyanos, sordos a las advertencias que se les hacían, dejaron que el sospechoso regalo de un caballo de madera fuese introducido en su ciudad asediada, y no hurgaron el vientre donde se ocultaban los griegos que abrieron las puertas?

¿Por qué los papas del siglo XV siguieron en forma persistente y consciente una política que llevó a la cristiandad al cisma de la reforma protestante? ¿Por qué los ministros de Jorge III de Inglaterra acosaron a los colonos americanos con impuestos y los arrinconaron a la rebeldía? ¿Por qué Hitler invadió Rusia y no aprendió del desastre de Napoleón?

¿Por qué sucesivos gobiernos de Estados Unidos se dejaron arrastrar hacia el desastre por la absurda guerra de Vietnam, que alienó a su nación al punto de una guerra civil?

En esta línea de raciocinios, los venezolanos podemos preguntarnos: ¿Qué llevó en 1987 al partido Acción Democrática a escoger como su candidato a Carlos Andrés Pérez, después de lo que de él sabían y conocían? ¿Qué hizo que los venezolanos reeligieran en 1988 a Carlos Andrés Pérez, quien 10 años atrás había concluido su gobierno en el fracaso, después de haber dilapidado en una orgía de insensatez y corrupción, la mejor oportunidad que presidente alguno había tenido en nuestra historia, antes de la de Chávez?

¿Qué llevó a que Luis Herrera Campins, después de haber visto el colosal endeudamiento del país por Carlos Andrés Pérez, repitiera la dilapidación de los ingresos petroleros extraordinarios que se produjeron con la caída del Sha de Irán, y ahondara el endeudamiento de su predecesor al punto de llevar al colapso monetario de 1983?

¿Qué hizo que los venezolanos reeligieran a Rafael Caldera, para que repitiera y aumentara los errores de su primer gobierno? ¿Qué hizo que Caldera sobreseyera la causa de los militares rebeldes del 4 de febrero de 1992? ¿Qué llevó a la candidatura de Luis Alfaro Ucero y de Irene Sáez en 1998? ¿Cómo fue posible que ambas candidaturas terminaran en el bochornoso espectáculo de su endoso a Salas Römer?

¿Cómo fue posible que el 12 y 13 de abril de 2002 los militares y civiles que tenían en sus manos el destino del país, se condujeran en tal forma de permitir el regreso de Chávez? ¿Qué fue lo que hizo que un hombre como Pedro Carmona, que parecía prudente y sensato, hiciera lo que hizo? ¿Qué razones tuvo la Coordinadora Democrática para preferir la enmienda para adelantar las elecciones en la cual está enredada, al referéndum revocatorio acerca del cual nada hay que negociar, pues está en la Constitución y lleva a la inexorable salida de Chávez?

LAS MEMORIAS DE MORÁN

José Trinidad Morán fue testigo de lo que sucedió en Caracas poco antes de la emigración a Oriente en junio y julio de 1814. Sus memorias nos han dejado algunas reflexiones que se podrían aplicar en esta hora si hubiera mentes abiertas a la racionalidad.

Morán cuenta que cuando las avanzadas de Boves estaban en Las Adjuntas, Bolívar consciente de que su autoridad no era suficiente para dominar la irracionalidad desbocada, reunió a los hombres más notables de Caracas en un Cabildo abierto y renunció a su autoridad, ofreciéndose a servir a quien el Cabildo eligiese para reemplazarlo.

Morán cuenta que: “testigo de esa escena calamitosa, arrimado a una columna del Convento de San Francisco, niño aún, casi no podía formarme juicio de lo que era el pueblo soberano deliberando. Mil candidatos se presentaron pretendiendo el mando supremo, pero la masa del pueblo los rechazaba.

Tres días llevábamos en estas reuniones populares sin que nadie se entendiera y a lo último ya no había quien discurriese con lógica ni quien mandase ni tampoco quienes obedeciesen. La capital de mi patria era juguete de los partidos; la intriga y la cábala habían tomado el lugar del patriotismo, el populacho quería saqueo ya, diciendo que todos los blancos eran godos. El Libertador los contuvo haciendo fusilar a dos iniciadores de esta “patriótica” ocupación. Hecho este ejemplar castigo, Bolívar se presentó en la Asamblea y dio cuenta de la pena que le había impuesto a los criminales, haciendo presente que él no era ya Jefe de la Nación, pero como General, estaba en el deber de no permitir el desorden, lo cual le atrajo multitud de aplausos”.

Esto sucedió hace casi dos siglos. Hoy, debería hacer pensar a los civiles y a los militares acerca de lo que son sus responsabilidades y lealtades con la patria.

Morán cuenta que "Las deliberaciones y muchos despropósitos populares seguían y si el orden no se alteraba en Caracas, era debido a los dos mil soldados que le quedaban al Libertador que obedecíamos y no deliberábamos pues éramos soldados y no tribunos".

Sucedió entonces lo que sucede siempre. Los extremistas que eran los que en 1812 habían adulado a Monteverde, en 1814 adularán a Boves. Eso terminó como debía terminar. Morán recuerda que "cansado el pueblo sensato y más aún los partidos de vejarse mutuamente en sus candidatos y propósitos, por un movimiento general aclamaron nuevamente para Jefe Supremo de Venezuela al Libertador, encomendándole que salvara la patria. Pero ya no era tiempo. Boves marchaba sobre Caracas con un ejército vencedor sembrando por todas partes la desolación y la muerte."

La emigración de Caracas en 1814 es una de las mayores tragedias de nuestra historia. Deformada en la explicación e interpretación de sus causas, por quienes han escrito acerca de los años de la guerra a muerte, la historiografía prevaleciente ha perdido de vista que las migraciones masivas de poblaciones fue una de las características de aquellos dos años, acerca de las cuales se omite explicar que quienes emigraban eran los blancos lanzados a tan desesperada acción, por la acometida de negros y pardos convertidos en hordas de asesinos y ladrones por la prédica primero de Monteverde y luego de Boves.

Ambos, usurpadores de la autoridad realista, se apoyaron en el odio racial para formar y enardecer las huestes que necesitaban para combatir a los rebeldes republicanos cuyas ideas y cuyo modelo de gobierno, no era entendida por quienes podían y debían beneficiarse de ellas, y prefirieron el pillaje y el saqueo a la igualdad y libertad que se les ofrecía.

Dentro de lo que sucedió en los escasos días que siguieron a la catástrofe de La Puerta del 15 de junio de 1814, y la emigración de los caraqueños a Oriente, iniciada el 7 de julio, la Asamblea Popular de junio y el Cabildo Abierto de julio, son dos singulares episodios que evidencian la paradoja de la enorme fuerza de la irracionalidad.

Una lección que debe sacarse de estos episodios es que, en momentos críticos, los energúmenos extremistas son los peores enemigos de la causa que dicen defender.

Otra, lección es que las deliberaciones complicadas* tienden a extraviar la percepción de la realidad, despiertan y le dan tribuna a las ambiciones bastardas, hacen perder de vista lo fundamental, en obsequio de la miopía de lo accidental, y le abren la puerta a oportunistas, logreros y buscones que con su gritería exacerban la irracionalidad colectiva.

*deliberaciones complicadas ¿o democráticas?

Jorge Olavarría
LAS ANOMIAS VENEZOLANAS
11 de Marzo de 2003

¡Cómo pasa el tiempo! Para noviembre de 1908 cuando Cipriano Castro se disponía a embarcarse para irse a Berlín, para que le sanaran el riñón enfermo que en Venezuela nadie se atrevía a tratar, ya habían transcurrido nueve años y medio desde aquel 23 de mayo de 1899, cuando al frente de 60 hombres había atravesado la frontera del río Táchira, para lanzar en Capacho la proclama de la Revolución Liberal Restauradora.

Era la tercera revolución que en menos de un año se hacía en contra del gobierno de Ignacio Andrade.

Cinco meses después Castro, que no había logrado ni siquiera derrocar al gobierno regional del Táchira, llegó a Tocuyito en las afueras de Valencia. Se había batido con coraje y había triunfado en todos los combates... aunque había la sospecha de que sus victorias habían sido derrotas deliberadas de sus contrincantes. Lo cierto era que cuando Castro llegó a Tocuyito, lo único que había conquistado era la tierra que pisaban las alpargatas del desarrapado millar y medio de tachirenses que lo seguían, y las armas que le habían quitado al enemigo.

Andrade envió a Tocuyito una fuerza que triplicaba la de Castro al mando de los generales Ferrer y Fernández. Estos se detestaban, no se entendían, no se acordaron en nada y maniobraron en tal forma de aniquilarse el uno con el otro. La catástrofe de Tocuyito no fue una victoria para Castro, que quedó tan maltrecho que no podía ni pensar en moverse.

Pero eso desencadenó maniobras, duplicidades, cobardías y traiciones que llevaron el derrumbamiento del gobierno de Ignacio Andrade. Y los que fueron encomendados con la misión de atacar a Castro lo colocaron en la presidencia, pensando que era un fenómeno pasajero. Cuando quisieron sacarlo, no pudieron.

Castro había sacado de la cárcel y había nombrado ministro al Mocho Hernández. A los dos días se alzó. Así se inició en 1899 el gobierno de la restauración liberal. Para 1908, de los nueve años que llevaba gobernando, cinco habían sido una sucesión constante de sangrientas revoluciones, guerras, y gravísimos conflictos internacionales; y cuatro años de incesante agitación y tensión interna y externa.

Cuando Castro partió, Venezuela tenía rotas las relaciones diplomáticas con Colombia, Francia, Holanda y Estados Unidos. Una escuadra holandesa estaba concentrada en Curazao y se disponía a bloquear Puerto Cabello y La Guaira con el apoyo de Washington. En Trinidad, el general Nocivas Rolando, se preparaba para reiniciar la revolución que había perdido en 1903.

Estas eran las circunstancias bajo las cuales, el 24 de noviembre de 1908 el vicepresidente Juan Vicente Gómez se encargó de la Presidencia. Nadie pensaba que Gómez mandaría en Venezuela en los siguientes 27 años. Lo que todos querían era que Gómez acabara con la pesadilla del gobierno de Cipriano Castro.

LA ANOMIA SEGÚN DURKHEIM

En 1897, el sociólogo francés Emile Durkheim introdujo a las ciencias sociales el término “anomia”, para describir situaciones en las cuales una profunda fractura de las reglas que cohesionan a las sociedades humanas, producen crisis que llevan al desánimo y la pérdida del sentido de identidad, individual y colectiva. Durkheim estudió la anomia en su libro El Suicidio: un estudio sociológico como un fenómeno social proclive a generar conductas patológicas que llevan a diferentes formas de suicidio colectivo.

Se suele pensar que los suicidios colectivos son fenómenos grotescos y raros, propios de cultos religiosos como el de Jim Jones en Guyana y David Koresh en Texas. No es así. Los suicidios colectivos son fenómenos históricos tan antiguos como recurrentes.

Las guerras son –en su mayoría– la forma más frecuente de suicidio colectivo. Las huelgas generales e indefinidas pueden llegar a serlo. Si se las examina bien, las razones que en algunos casos se dan para matar y morir en una guerra, son tan absurdas e irracionales como las de los fanáticos religiosos para inmolarse. Todos los suicidios colectivos están dirigidos por personas fanatizadas por creencias dogmáticas.

Entre 1914 y 1945 la paranoia destructiva de guerras suicidas tomó proporciones de pandemia mundial. Entre 1914 y 1917 las antiguas dinastías gobernantes de Rusia, Alemania y Turquía se suicidaron.

El caso más dramático de anomia que llevó a un suicidio colectivo fue el de Alemania.

La incapacidad de su liderazgo para entender y aceptar la causa y el resultado de la primera guerra, hizo que en 1933 los alemanes llevaran al poder a Adolfo Hitler que desató la Segunda Guerra que desembocó en el más espantoso suicidio colectivo de los tiempos modernos.

Los casos de patología social generadores de anomia con tendencia al suicidio colectivo, no se reconocen como tales sino cuando la avalancha desencadenada se hace indetenible hasta para quienes la desataron. Esto sucedió con el paro cívico de Venezuela en diciembre de 2002. La razón de esta ceguera colectiva es que la irracionalidad, propia del estado de ánimo colectivo de la anomia, opera como el macabro carrusel que gira en círculos viciosos, donde la causa y el efecto se potencian el uno al otro.

La anomia tiende a consagrar liderazgos mesiánicos que conducen al suicidio colectivo. Visto en retrospectiva, en todos los casos, al inicio del camino que llevó al suicidio colectivo, abundaron voces que advirtieron los peligros de empezar algo que no se podía detener. Una de las características de la anomia suicida es que las voces de minorías estridentes de extremistas fanáticos privan sobre las voces de la sensatez, que casi siempre son mayoría. Pero sucede que en los climas de anomia, la emoción le gana a la razón. El temor a verse acusados de cobardes o de traidores, por una masa a la cual se la condiciona con gritos repetitivos, apaga, inhibe o descalifica toda advertencia. Así es como las sociedades a veces ruedan hacia su autodestrucción en un frenesí demencial.

LAS ANOMIAS VENEZOLANAS

En la historia republicana de Venezuela a partir de 1830, hay tres momentos en los cuales se crearon estados de anomia. El primero se hizo evidente en 1869, 10 años después de haberse iniciado la Guerra Federal. La crisis del sistema creado por la Constitución de 1830 tuvo como síntoma de suprema insensatez, la conmemoración del asalto al Congreso de 1848 como una fecha patria. El derrocamiento de José Tadeo Monagas en marzo de 1858 abrió una esperanza para corregir ese rumbo, el cual se materializó en la Convención de Valencia, que aprobó lo que en su letra fue la mejor Constitución del siglo pasado. Sin embargo, a los pocos días de aprobada, pasó a ser letra muerta por el inicio de la guerra larga. Hacia 1864, la anomia del venezolano llegó a ser de tal intensidad, que llevó a un alma tan noble y justa como la de Fermín Toro, a dirigirle una carta a la reina Victoria de Inglaterra rogándole colonizar para educar a un país incapaz de gobernarse a sí mismo.

Ese ciclo de locura, pillaje y destrucción llegó al delirio con el regreso al poder del viejo José Tadeo Monagas en 1868, sucedido a su muerte por su hijo José Ruperto. Un indicio del estado al que se había llegado fue que como las aduanas estaban en poder de los Estados “soberanos”, el gobierno no percibía ingresos. Cuando Monagas decretó la autoridad del gobierno federal sobre las aduanas, Venancio Pulgar, declaró al Zulia Estado soberano e independiente. Monagas derrotó y encerró a Pulgar en el castillo de Puerto Cabello. Pero el costo de la campaña agotó al Tesoro y el gobierno cayó en la indigencia total, lo cual produjo rebeliones en Aragua, Guárico, Carabobo y Oriente.

Los gastos para enfrentar esas revoluciones llevaron a más impuestos, empréstitos forzosos, confiscaciones y reclutas que a su vez estimulaban más rebeliones. Venezuela fue rescatada de ese estado de anomia por Antonio Guzmán Blanco, quien a partir de 1870 creó las estructuras de gobierno de una República ordenada.

El segundo caso de anomia empezó con la crisis del sistema creado por Guzmán Blanco, que empezó a desmoronarse con las presidencias de Rojas y Andueza y la revolución “legalista” de Crespo en 1892. Esta se deslegitimó con la trampa de las elecciones de 1897 que le negaron al Mocho Hernández su derecho a la victoria y que hicieron a Ignacio Andrade presidente títere de Joaquín Crespo. El Mocho se alzó, provocó la muerte de Crespo en abril de 1898 y eso creó un vacío que desencadenó las revoluciones de Ramón Guerra y Cipriano Castro.

Castro incrementó el estado de anomia que llegó a su cenit cuando en octubre de 1908 todos los municipios se manifestaron a favor de una reforma constitucional que lo haría presidente vitalicio. Eso se interrumpió cuando Castro cayó en una seria crisis de salud. Los venezolanos podían hacer a Castro presidente vitalicio, pero no podían hacerlo inmortal.

El diagnóstico era indudable. Para corregir el mal, la cirugía era imprescindible. Era eso o la muerte. Decidido el viaje, doña Zoila influyó para que Juan Vicente Gómez quedara encargado de la Presidencia.

Castro partió el 24 de noviembre. En la madrugada del 19 de diciembre de 1908 Gómez tomó el control de los cuarteles de Caracas y arrestó al gobernador Pedro María Cárdenas. No se disparó un tiro y los castristas presos no pasaron de 20. Cuando se supo lo que había sucedido, una gran multitud, que ovacionaba a Gómez y daba mueras a Castro se formó en la plaza Bolívar. Alguien le pidió a Gómez hablar desde el balcón. Este respondió “No señor, nada de discursos porque eso no trae nada bueno”. Saludó con la mano y se retiró. Un nuevo estilo de gobierno había empezado. De la locuacidad de Castro se pasó al mutismo de Gómez.

Unos propusieron que se convocara elecciones para una Asamblea Constituyente, y se declarara la Dictadura “provisional”. Gómez lo rechazó. Según la Constitución era el legítimo vicepresidente encargado de la Presidencia. Nadie reaccionó a favor de Castro. El hombre que hacía seis meses estaba a punto de ser consagrado por “aclamación” presidente vitalicio, pasó con inusitada facilidad a ser blanco del oprobio general. En el Congreso no se levantó, ni se levantará, una sola voz para defenderlo.

Y en la Corte, se le abrieron juicios por instigación a delinquir y el asesinato de Antonio Paredes.

La tercera anomia de nuestra historia estalló en 1999. No sabemos cómo terminará. Lo que sí sabemos es que a la primera la corrigió un Antonio Guzmán Blanco y la segunda la corrigió un Juan Vicente Gómez.

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS:

·       “HISTORIA VIVA 2002-2003: La rebelión civil, el referéndun revocatorio”
Jorge Olavarría
Caracas, Alfadil Ediciones, Primera Edición, 2003.

·       Diario EL NACIONAL
Año 2003.

domingo, 14 de junio de 2015

ODIO A LOS INDIFERENTES



Odio a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que “vivir significa tomar partido”. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más sólida, mejor que las corazas de sus guerreros, que se traga a los asaltantes en su remolino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones los hace desistir de cualquier empresa heroica.

La indiferencia opera con fuerza en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar, aquello que altera los programas, que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula.

Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, ocurre porque la masa de los hombres abdica de su voluntad. Deja que se aten los nudos que luego sólo la espada podrá cortar, deja promulgar leyes que sólo la revuelta podrá derogar, dejar subir al poder a hombres que sólo un motín podrá derrocar.

La fatalidad que parece dominar la historia, no es otra que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Los hechos maduran en la sombra, entre unas pocas manos no vigiladas por control alguno, que tejen la trama de la vida colectiva y la masa lo ignora, porque no se preocupa. Entonces parece ser la fatalidad la que lo arrolla a todo y a todos, entonces parece que la historia no es más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto del que son víctimas todos, quien quería y quien no quería, el que sabía y el que no sabía, el activo como el indiferente. Y este último se irrita, querría escaparse de las consecuencias, querría dejar claro que él no quería, que él no es el responsable. Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas? ¿Habría ocurrido lo que pasó?

La mayoría de ellos, sin embargo, pasados los acontecimientos, prefiere hablar del fracaso de los ideales, de programas definitivamente en ruinas y otras lindezas similares. Eluden asumir cualquier responsabilidad. Y no es que ya no vean las cosas claras, y que a veces no sean capaces de pensar en hermosas soluciones a los problemas. Pero estas soluciones resultan bellamente infecundas, y esa contribución a la vida colectiva no está motivada por ninguna luz moral, es producto de la curiosidad intelectual, pero no de un fuerte sentido de la responsabilidad histórica que quiere a todos activos en la vida, que no admite agnosticismos e indiferencias de ningún género.

Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos sobre cómo han desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, sobre aquello que han hecho y especialmente sobre aquello que no han hecho. Y siento que puedo ser implacable, que no tengo que malgastar mi compasión, que no tengo que compartir con ellos mis lágrimas.

Vivo, soy partisano. Siento en la conciencia viril de los míos, latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos, en ella nada de lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino a la obra inteligente de los ciudadanos. En ella no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican y se desangran en el sacrificio.

Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes.

Tomado y traducido de:
“Odio gli indifferenti”
Antonio Gramsci
11 de febrero de 1917