jueves, 26 de mayo de 2016

LA SUMA DE TODOS LOS MALES


EL MAL VENEZOLANO

Después del triunfo de la oposición venezolana oficialista en las elecciones legislativas del pasado 6 de diciembre y la materialización de este en una nueva asamblea nacional, se produjo en gran parte del país el renacimiento de la ilusión y la esperanza en una solución política definitiva, a la gravísima crisis de nación que padecemos.

Cabe recordar que el triunfo del 6D no fue meramente un triunfo electoral, en donde los ciudadanos votaron por su fórmula preferida de candidato o partido para elegir a sus representantes al poder legislativo, no, ese triunfo político responde a un mandato unívoco de la voluntad popular donde se expresó un profundo e irrevocable rechazo hacia el régimen de Nicolás Maduro, y el ferviente deseo de lograr un cambio urgente en la conducción del país.

Esta expectativa, alimentada por la contundencia del triunfo obtenido, exigía por parte de los representantes electos la entrega total a la tarea de lograr en el menor tiempo posible, la interrupción del período presidencial de Maduro por la vía constitucional, institucional o insurreccional que más pudiese ahorrarle al país los sufrimientos de una crisis de penuria en todos los órdenes, que no sólo configura una crisis humanitaria en términos dramáticos de hambre y enfermedades, sino que además ha terminado por constituir lo que bien podría llamarse, un estado de necesidad.

Estado de necesidad de inminente y extrema amenaza para la preservación de la libertad, la paz, la vida y los bienes de todos los ciudadanos, por cuanto esta violación de los derechos más sagrados proviene del mismo Estado que debería ampararlos y defenderlos.

Sin embargo, la oposición oficialista agrupada en los partidos del statu quo ha estado muy lejos de responder adecuadamente a este clamor nacional, y en oposición casi diametral a ese sentido de deber y urgencia ante la emergencia, ha optado por seguir una serenísima vía de exquisito rigor institucional/legal de no colisión con el régimen, en otras palabras, ha optado por evitar cuidadosamente el “choque de trenes”.

Una vez más hay que decirlo: contra un régimen como este, autoritario y abusador, dictatorial en términos netos, eventualmente se acude a elecciones para provocar un encontronazo, un impasse, y precipitar una crisis, una crisis terminal, y si además se logra como en efecto se logró, la conquista de un supuesto poder público ¡con mayor razón se debería actuar! Y más contando con un aval de mayoría electoral contundente: fueron 8 millones de votos. El momento proporcionado por el apoyo de un mandato popular tan entusiasta como masivo, así lo exigía.

Pero no, nada resultó ser como debería ser y a estas alturas, luego de casi 5 meses de imperdonable melindre por parte de la comparsa opositora, son muchos los votantes decepcionados, tanto o más que en otras ocasiones -que lamentablemente no han faltado en los últimos años- pero esta vez todo resulta más difícil de digerir porque esta vez se obtuvo un claro triunfo, no fue ninguna “victoria de mierda” [1] y todo esto a pesar del Consejo Nacional Electoral y sus trapisondas.

A 5 meses de ese inobjetable triunfo, la situación se ha vuelto realmente grave y el descontento es extenso, es real, es persistente y creciente, esta vez, se confronta a un Maduro que supuestamente anda más repudiado, odiado, debilitado y asustado que nunca, al menos según el decir persistente de la vocería de la unidad opositora.

¿Y entonces?

EL MAL ENCARNADO EN UNA CLASE POLÍTICA

Todo este cuadro patológico de parálisis concomitante con urgencia tiene una explicación, o mejor dicho varias, y todas históricamente relacionadas.

La actual oposición oficialista agrupada en la “Mesa de la Unidad Democrática” (MUD) representa a una clase política conformada por partidos tanto viejos como nuevos, pero la diferencia sólo se queda en lo cronológico pues ni los unos ni los otros han logrado sustraerse a la infección populista en su variante más virulenta: la que procede de un petroestado rentista degenerado hasta el último estado de la improductividad.

El Estado venezolano gracias a un rentismo en grado ya paroxístico, ha terminado con hacerse de todos los poderes tanto formales como fácticos, suyo es TODO el poder político, económico y militar hasta el punto de que, aunque no se declare nunca como tal, es totalitario de hecho. Y si a alguien le queda duda los invito a estudiar la microbiología de esa cuasi entelequia que es la sociedad civil venezolana.

El petroestado venezolano es el trono, el arsenal y el botín al mismo tiempo, sin que quede mucho por afuera, en efecto, cada poder o factor de poder que en apariencia podría suponerse independiente, en la práctica depende de él o se debe a él, y si no es así sobrevive en todo caso por graciosa concesión. Con decir que en Venezuela el poder es oligárquico uno corre el riesgo de quedarse corto, y con el advenimiento de Chávez llegamos a extremos casi absolutistas, que aún persisten en forma espectral con la figura del “comandante eterno” y su legado teocráticamente determinante.

Por lo tanto (y desde hace unas cuatro décadas) llegar al gobierno en Venezuela es llegar al poder en los términos más amplios y tajantes, pero este poder, aún bajo la impronta tiránica de Chávez y su heredero, es poder basado en una práctica constante, virtuosa a su modo, de negociación y logro de pactos indispensables que sirven a la oligarquía de turno no sólo para consolidarse en la cima, sino para perpetuar el sistema de reparto de la renta a los poderes súbditos, reparto indispensable para sustentar el “consenso democrático”.

Se trata del mantenimiento fetichista de un decorado “democrático” a todo nivel y sin el cual, hasta el último comisario de la última jefatura de Venezuela se sentiría a la intemperie.

Mejor dicho, sin el cual hasta el último funcionario o contratista se sentiría a la intemperie, a la hora de zambullirse en la corrupción.

Es por tanto el poder en Venezuela tan consensual como caudillista, tan “democrático” como dictatorial, y de la concentración del poder se derivan extensos andamiajes de concesión clientelar y prebendaria que hacen posible el mantenimiento en el tiempo de dirigentes, figuras, cortes, partidos, empresas y, al fin y al cabo, toda clase de organización más o menos vertebrada.

Desde luego y faltaría más, el factor constituyente, aglutinante y fluidificante al mismo tiempo, de todo este modus vivendi y operandi es la providencial corrupción, sin la cual todo acuerdo, alianza, pacto, unión, seria de poca solidez y credibilidad y sobre todo, de poca productividad en el sentido más amplio imaginable del término.

De hecho, sin corrupción no sería posible viabilizar (ni explicar) ascensos y descensos, auges y ocasos, agrupamientos, alianzas y clases políticas, partidos nacientes (y murientes), en fin, casi todo lo que pasa bajo el sol en Venezuela.

Durante la democracia civil de la “cuarta república”, al menos por un tiempo (de 1959 a 1973) se mantuvo lo que podría llamarse una “democracia virtuosa” que supo mantenerse sobria y mantener al país por cierto rumbo, con las excepciones que siempre son inevitables. Esa democracia, perfecta precisamente a partir de todas sus limitaciones de poder, comenzaría a decaer con el tsunami de petrodólares que nos sumergió a partir de 1973, el cual hipertrofió al Estado y cuya degeneración postrera nos llevaría directo al chavismo.

Al único gobernante que se le ocurrió tratar de enfrentarse (muy tímidamente) a la degeneración rentista, sobre todo en sus bastiones consensuales (partitocracia, centralización, paternalismo, proteccionismo, clientelismo), lo siquitrillaron en componenda casi todos los poderes habidos y por haber, eso fue lo que le ocurrió a Carlos Andrés Pérez (CAP, irónicamente el creador del “Estado omnipotente”) en 1993, y el golpe de estado que lo expulsó del poder, como un cuerpo extraño e indeseable, representó el triunfo definitivo del mal que actualmente nos agobia como nación, ni más ni menos.

Pasamos entonces de una partitocracia bipolar a un régimen de partido hegemónico (siempre consensual): pero el Estado oligárquico derivado del petroestado rentista quedó intacto.

Y la actual oposición representada en la MUD constituye un subproducto inevitable, fatal, de todo este sistema, y chapotea felizmente en él desde el mismo principio del chavismo y las excepciones conocidas por todos, no son sino eso y obedecen al desvarío imprudente y enajenado de quien en Venezuela se atreve a cometer la peor locura: sustraerse al consenso corporativo prebendario y a su statu quo.

Esta oposición es una BENDICIÓN para el régimen, Chávez y ahora Maduro no han podido correr con mejor suerte, hasta el punto de que siempre me causa gracia quienes imaginan escenarios donde se les persigue, apresa o disuelve, cosas que no hacen falta (no al menos en forma sistemática) pues una oposición tan inofensiva y a la vez, tan decorativa en su nuevo disfraz asambleario de separación de poderes y democracia ¡es que ni mandada a hacer!

Esta oposición además, cumple disciplinadamente con dos funciones que la vuelven útil cuando no indispensable para ciertos planes políticos, uno: es irremediablemente populista y se apresta a convertirse en universalmente chavista, del mismo modo que en Argentina el peronismo terminó empapando a la casi totalidad del estamento político, y dos: nunca pero nunca jamás, romperá el hilo que realmente importa, el cual faltaría más no es el “constitucional”, se trata del hilo rentista, el hilo con el cual se puede tejer todo tramado populista, clientelar, paternalista, proteccionista.

PERONISMO Y RENTISMO: CHAVISMO FOREVER

Desde los tiempos de la pasión, agonía y muerte de Chávez vamos hacia la peronización de la política venezolana y es muy probable que en los próximos años, la casi totalidad de la clase política, de “lado y lado”, se estará disputando en forma más o menos desfachatada el legado de Chávez, y la competencia proselitista consistirá en quien “lo interprete mejor”.

Así será como el chavismo (al igual que el peronismo y como lo hizo el sandinismo) podrá siempre volver, y siempre será así mientras tengamos élites hambrientas de status y privilegios, de clara vocación rampante, y aspirantes de todas las clases sociales a lograr esa “inclusión”, de clara vocación reptante. De hecho, chavismo y peronismo como variantes extremas que son del populismo, sólo pueden vivir de las debilidades que logran inocular en la sociedad, por lo tanto, podrán reciclarse y regresar con “una nueva presentación” mientras no se supere la cultura de la depredación y la dependencia, la cultura de pobreza moral que les sirve de sustento.

EL MAL QUE NO SE IRÁ

Si de verdad ocurriera el milagro, trabajosamente logrado por el régimen y su oposición, de mantener a Maduro por unos años más, se abrirían muchos escenarios pero ninguno de transición verdadera hacia la democracia, muchos menos de superación del Estado rentista.

Uno de los escenarios bien podría desembocar en una ofensiva del régimen hacia el “Estado Comunal”, con su nueva “geometría del poder” y una constituyente de base y deliberación “popular”, donde se volvería a invocar el “poder originario” pero ahora en clave de profundización de un proceso que llevaría a la creación del verdadero “poder popular”, dicho de otro modo, el expediente final para terminar de desechar cualquier remanente de institucionalidad y “poderes burgueses”.

El escenario alterno podría ser el de una pseudo transición pactada entre el chavismo y su oposición MUD, que llevaría a la instauración de un régimen gatopardiano de alternancia “a la nicaragüense”, en aras de mantener el bien más preciado: el Estado todopoderoso.

EL MAL QUE VIENE DE CUBA

Lo otro que desde luego se pactaría entre las partes, es que a Cuba “ni con el pétalo de una rosa” y esto viene muy bien al caso, porque a la potencia dominante se le seguirá honrando y respetando, tal como se instauró como práctica cultural en este país, desde la muy inolvidable “Carta de Salutación y Manifiesto de Bienvenida a Fidel Castro” entusiásticamente firmada por parte de una notable porción de la “intelectualidad” venezolana, en 1989, cuando nadie siquiera sospechaba de la existencia de un tal “Hugo Chávez”.

Por cierto, y que casualidad, que Castro irrumpiera justo a tiempo en 1989, como si se tratara de un movimiento oportuno, ejecutado con la audacia de un marine frente a un peligro máximo, y vaya que sí se estaba corriendo un gran peligro, porque CAP a lo que venía en su segunda presidencia (según un imaginario que se inoculó por todos los medios) era a acabar con el festín rentista, y horror de los horrores, despojar de poderes y prerrogativas al Estado, y a sus oligarquías y factores de poder conchupantes…

Tan solo 25 días después de la toma de posesión de CAP (con Castro presente en rol estelar), estalla el “Caracazo” no solo en Caracas sino en varias ciudades, a pesar de que el “paquete de medidas económicas” anunciado 11 días antes, apenas había comenzado a aplicarse.

¿Casualidad?

Desde luego que los Castro, Fidel y Raúl, no deberían temer en ningún caso, de hecho esta oposición agrupada en la MUD hasta se ha movido internacionalmente para promover la inversión en Cuba, además, si a ver vamos ¿que podría temer una Cuba en plena apertura (y expansión) que goza del apoyo internacional irrestricto y sonriente de Obama, El Papa, Putin, China, Colombia (toda Latinoamérica salvo indeseables como Macri), la ONU, la Unión Europea, y varios etcétera más.

Es más, La Habana después de lograr su triunfo máximo en clave colonial con la entrega de Venezuela por parte de Chávez, y consolidarse en Ecuador, Bolivia y Nicaragua, se apresta a dar la batalla con todos los hierros en Brasil y Argentina, y a celebrar el comienzo de la conquista definitiva de Colombia, con el apoyo de sus élites y estamentos de poder.

Cuba más bien pareciera estarse encaminando hacia una verdadera fase expansiva, lo cual no le vendría mal después de haberse estrenado en forma tan brillante como potencia colonial en Venezuela, y es posible que la clave, más allá de las consabidas complicidades conscientes, encubiertas o inconscientes, de las imbecilidades útiles de intelectuales y académicos, las vulnerabilidades sociales y culturales de ciertas sociedades, y la infiltración sistemática y paciente en los estamentos (militares, culturales, académicos, mediáticos, empresariales), más allá de todo esto, ese fenómeno de capacidad de adaptación (mafiosa) y supervivencia (narcotraficante) que es el castrismo, es posible que haya descubierto un nuevo filón lleno de posibilidades en lo que bien podría llamarse, el populismo de primer mundo.

EL MAL QUE VIENE DE NOSOTROS

Sólo diré una cosa: cuidado con ciertas retóricas de altísima carga demagógica que ya retumban en pleno hemisferio norte, como lo podemos apreciar en Europa o en los Estados Unidos. En ambos casos, sociedades que, con toda razón, experimentan un descontento creciente hacia sus establishments, sus élites, sus clases políticas, pueden llevar al triunfo de remedios peores que la enfermedad, que terminen debilitándolas hasta hacerlas vulnerables a infecciones múltiples (comenzando por la autoritaria).

Lamentablemente, y mientras no se encuentre remedio a la inevitable degeneración/corrupción oligárquica del poder, que afecta en forma aparentemente inexorable a muchos Estados del mundo occidental, nos estaremos debilitando frente a ciertas amenazas geopolíticas de otros “mundos” y continentes, que solo esperan nuestra inflexión o agotamiento cultural y político, para pasar a la ofensiva.

Mientras no tengamos ciudadanía activa, sociedad civil realmente organizada y también dirigencia y partidos dispuestos a trabajar con sus comunidades y a reinaugurar la política desde la base, estaremos entregando nuestro destino, el de nuestra familia y nuestros países, a la mediocridad irremediable de las actuales clases políticas, las cuales han fallado tanto hasta comenzar a sumar en el descrédito, lenta pero inexorablemente, conceptos tan fundamentales como libertad y democracia.

Las bases de nuestra civilización.

[1] Esta fue la frase precisa que usó Chávez para definir el triunfo de la oposición en el referéndum constitucional de 2007, y la pronunció en cadena nacional de radio y TV.